Se han cumplido 135 años de la publicación de Rerum Novarum, una de las encíclicas más importantes de la historia de la Iglesia Católica y, probablemente, el documento más contundente jamás escrito por el Vaticano en defensa de la propiedad privada y contra el socialismo. Publicada por el papa León XIII el 15 de mayo de 1891, en plena expansión de las ideas marxistas en Europa, la encíclica desmonta con claridad el mito, repetido hasta hoy, de que Jesucristo fue “el primer socialista” o que el cristianismo condena la propiedad privada.
Durante décadas, intelectuales, políticos y hasta algunos sectores del propio catolicismo han intentado presentar a la Iglesia como una institución cercana al colectivismo. Se habla del “bien común”, de la “justicia social” o de la “igualdad” como si esos conceptos fueran equivalentes al socialismo. Pero basta leer la Rerum Novarum para descubrir exactamente lo contrario.
León XIII define al socialismo como un “falso remedio” que busca abolir la propiedad privada y transferirla al Estado. Y advierte que esa idea no solo destruye la libertad humana, sino que perjudica principalmente al trabajador, porque le arrebata el fruto de su esfuerzo y la posibilidad de progresar mediante el trabajo, el ahorro y la iniciativa personal.
La encíclica sostiene que la propiedad privada es un derecho natural. No nace del capricho de los gobiernos ni de una concesión política. Surge de la propia naturaleza humana y del trabajo. El hombre tiene derecho a conservar lo que produce y a transmitirlo a su familia. Negar ese derecho es negar la dignidad de la persona.
Por eso León XIII rechaza la lucha de clases promovida por el marxismo. Considera absurdo presentar al rico y al pobre como enemigos naturales. Para la Iglesia, el progreso humano no nace del odio ni de la confiscación, sino de la cooperación, del trabajo y de la libertad económica dentro de un marco moral.
La Rerum Novarum también destruye el mito contemporáneo de que toda desigualdad es injusta. El Papa reconoce que las diferencias entre las personas son naturales. No todos tienen la misma inteligencia, disciplina, fortaleza o capacidad de asumir riesgos. Y precisamente esas diferencias explican la diversidad económica y social. Pretender imponer una igualdad absoluta solo conduce a la destrucción de la libertad y a la concentración del poder en manos del Estado.
La encíclica no glorifica la riqueza ni convierte el dinero en un ídolo. Defiende el derecho moral de cada persona a construir patrimonio mediante el esfuerzo honesto. La pobreza nunca fue considerada una virtud política ni un ideal económico del cristianismo. Al contrario: el trabajo, la iniciativa y la propiedad son vistos como herramientas legítimas para elevar la condición humana.
En tiempos donde todavía se intenta utilizar el nombre de Cristo para justificar proyectos estatistas y colectivistas, recordar la Rerum Novarum resulta indispensable. La propiedad privada no es un pecado ni una concesión burguesa, sino uno de los pilares fundamentales de la libertad, la familia, la dignidad humana y la civilización misma.