Tribuna

Morales y su voraz apetito de sangre

Morales y su voraz apetito de sangre
Rolando Tellería A. | Profesor de Ciencias Políticas de la UMSS
| 2026-05-22 07:41:34

Contrariamente a lo que proclama en sus marchas y discursos, Evo Morales no quiere “salvar Bolivia”; quiere destruirla para emerger, desde ahí, como el único salvador. Su estrategia política, detrás de supuestas demandas, pretende crear caos, convulsión social y sangre.

Políticamente, no tiene otro camino. Morales sabe perfectamente que, si no se modifica el statu quo, su destino político y judicial podría ser Chonchocoro o Palmasola. Al margen de la orden de captura, tiene otros procesos abiertos y un progresivo deterioro de legitimidad, incluso dentro de su núcleo duro. Por eso, la convulsión social se ha convertido en su última carta de supervivencia.

La ecuación es sencillamente truculenta: bloqueos más violencia y sangre, igual a renuncia del presidente. Ahí viene, a colación, el concepto del “rito del bloqueo”, formulado por uno de sus más sanguinarios estrategas. La lógica consiste en multiplicar gradualmente los bloqueos hasta generar asfixia, caos y confrontación permanente. Pero el elemento decisivo no es el bloqueo en sí mismo; es la sangre.

La violencia debe producir muertos. Y los muertos deben transformar la protesta en una movilización emocionalmente incontenible. Ese es el punto de quiebre que buscan provocar. El modelo de referencia sigue siendo octubre de 2003: presión callejera, violencia creciente, muertos y colapso político del gobierno.

Los actuales bloqueos y marchas, otra vez bajo la narrativa de “salvar Bolivia”, responden exactamente a esa lógica. No son simples protestas sociales; en el fondo existe una macabra estrategia política.

Es importante recordar que Morales ha protagonizado, desde 2023, cinco espantosos bloqueos. Los primeros cuatro tuvieron un objetivo central: forzar su habilitación como candidato presidencial. Posteriormente, a esa motivación se añadió otra todavía más delicada: garantizar impunidad frente a los procesos judiciales que enfrenta por abuso de menores.

Sin embargo, esos bloqueos no produjeron el resultado esperado. No hubo quiebre institucional ni estallido violento de gran magnitud. Luis Arce —pese a todas sus debilidades— comprendió algo fundamental: no debía ingresar al terreno de confrontación que buscaba Morales. Resistió las provocaciones y evitó, hasta donde pudo, generar el escenario de muertos que pretendía alimentar el “rito del bloqueo”. Sin sangre, “el rito” fracasa.

En política de masas, especialmente en experiencias caudillistas y radicalizadas, el sacrificio cumple una función simbólica. La víctima se convierte en combustible político. Ahí están los muertos de Sacaba y Senkata. Morales necesita mártires para reconstruir legitimidad y cohesión interna. Esa es la dimensión más peligrosa de esta estrategia.

Ahora bien, el actual y quinto bloqueo presenta diferencias sustanciales respecto a los anteriores. En los primeros, Morales estaba debilitado por la división interna del MAS y la disputa feroz con Luis Arce. Salvo sus bases cocaleras del Chapare, no tuvo apoyo consistente de otras organizaciones sociales, muchas de las cuales permanecían alineadas con el aparato estatal controlado por el arcismo.

Hoy, las circunstancias son distintas. El desgaste prematuro del gobierno de Rodrigo Paz Pereira, producto de errores, escándalos y una gestión deficiente en áreas sensibles como el combustible y la corrupción, ha creado un terreno muy favorable para la estrategia desestabilizadora de Morales. Sectores sindicales, corporativos y dirigentes que perdieron privilegios tras el fin del ciclo masista comienzan nuevamente a rearticularse alrededor del evismo.

Ahí radica la enorme peligrosidad del momento actual. Morales ya no moviliza únicamente a su núcleo duro; moviliza también resentimientos, frustraciones y estructuras corporativas acostumbradas, durante veinte años, a vivir alrededor del poder estatal y de los recursos públicos. Muchos de esos dirigentes forjaron enormes fortunas bajo el amparo del aparato estatal y hoy ven anuladas sus prerrogativas.

Por eso, este conflicto no puede ser gestionado con respuestas improvisadas ni mecánicas. Requiere inteligencia política, precisión estratégica y enorme prudencia.

La peor decisión que podría tomar el gobierno sería caer en la provocación violenta. Ingresar al terreno que Morales busca —el de la confrontación sangrienta— sería fortalecer exactamente la narrativa que necesita construir. Cada exceso represivo, cada muerto y cada enfrentamiento violento alimentarían el objetivo político del evismo.

La clave, por el contrario, consiste en aislar políticamente a Morales, debilitar progresivamente sus redes de movilización y evitar que la conflictividad derive hacia otros escenarios.

Sin embargo, al mismo tiempo, el gobierno enfrenta otro dilema inevitable: la captura de Evo Morales. Tarde o temprano, Rodrigo Paz Pereira tendrá que resolver ese problema. Y deberá hacerlo con el menor costo político y social posible. Una operación improvisada o torpe podría incendiar el país. Pero la inacción prolongada también erosiona peligrosamente la autoridad estatal.

El momento es extremadamente delicado. Bolivia se encuentra frente a un actor político dispuesto a incendiar el país con tal de sobrevivir políticamente. Y eso obliga al gobierno a actuar con inteligencia quirúrgica, sangre fría y capacidad estratégica.

Desafortunadamente, hasta ahora, Rodrigo Paz Pereira y su entorno no han demostrado precisamente esas virtudes. Más bien, con errores, improvisaciones e incompetencia, parecen haber preparado el terreno perfecto para el retorno del caos que hoy amenaza nuevamente al país.

*El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón.

Rolando Tellería A. | Profesor de Ciencias Políticas de la UMSS