El presidente Paz advierte que quienes intenten “destrozar la democracia” terminarán en la cárcel. El tono suena firme, decidido, incluso severo. Sin embargo, en política también conviene escuchar la sabiduría popular, porque los refranes suelen condensar más verdad que muchos discursos. Y hay dos que hoy parecen inevitables: “guerra anunciada no mata moros” y “perro que ladra no muerde”. Durante semanas, el mandatario ha acusado de golpistas a quienes convulsionan el país, ha advertido con desbloqueos, ha dejado entrever la posibilidad de sacar a la Policía a las calles y ha prometido restablecer el orden. Pero las amenazas, repetidas una y otra vez, han terminado perdiendo fuerza ante la ausencia de acciones concretas. Mientras tanto, los bloqueos continúan, las marchas avanzan y la sensación de autoridad se desgasta. La democracia ciertamente debe defenderse, pero también necesita coherencia. Porque cuando la firmeza sólo se expresa en declaraciones y no en decisiones, el mensaje corre el riesgo de convertirse en simple eco retórico frente a quienes desafían abiertamente al Estado.