Editorial

El precio de no decir la verdad

Bolivia está pagando el costo de haber elegido un discurso ambiguo, anestésico y relativista frente a una realidad económica que exigía sinceridad, firmeza y decisiones estructurales...

Editorial | | 2026-05-15 00:09:08

Bolivia está pagando el costo de haber elegido un discurso ambiguo, anestésico y relativista frente a una realidad económica que exigía sinceridad, firmeza y decisiones estructurales desde el primer día. Rodrigo Paz llegó al poder construyendo una narrativa intermedia. No fue el continuismo abierto del masismo, pero tampoco la ruptura frontal que proponían otros candidatos. Mientras algunos advertían que Bolivia estaba al borde de una crisis energética, fiscal y productiva, él optó por minimizar el desastre heredado. Relativizó la magnitud del problema, evitó hablar de medidas drásticas y transmitió la idea de que la situación era grave pero manejable sin grandes sacrificios.

Ese discurso le permitió ganar. Muchos sectores encontraron en Rodrigo Paz una especie de transición cómoda: un cambio sin trauma, una alternancia sin ruptura. No hablaba de privatizaciones, no planteaba desmontar el aparato estatal, evitaba mencionar el retorno de la DEA o un acercamiento abierto al Fondo Monetario Internacional. Su mensaje era el de un capitalismo moderado, conciliador, sin shock ni confrontación.

Una vez en el poder, la realidad terminó imponiéndose. El nuevo gobierno comenzó a revelar la dimensión del colapso económico dejado por el masismo: déficit descontrolado, subsidios insostenibles, crisis energética, falta de dólares y un aparato estatal gigantesco imposible de sostener. Entonces el discurso cambió. El mismo presidente que había relativizado la crisis empezó a hablar de reformas estructurales, recortes, eliminación de subsidios y negociaciones internacionales para evitar un colapso mayor.

Quienes votaron por ese proyecto sienten ahora que fueron engañados. Muchos de los sectores que hoy bloquean, protestan o presionan al gobierno son precisamente aquellos que creyeron que el país podía seguir funcionando bajo la lógica distributiva del masismo, aunque con un nuevo rostro. Esperaban continuidad con anestesia, no ajustes ni sacrificios.

Y esa es la diferencia entre ganar elecciones y construir legitimidad para gobernar. Un líder puede conquistar votos prometiendo moderación, pero después necesita autoridad moral para tomar decisiones difíciles. Esa autoridad nace de haber sido honesto desde el principio.

Bolivia sigue atrapada en la cultura de la ficción política. Durante años se le dijo a la población que el modelo era sostenible, que los subsidios podían durar eternamente y que el Estado podía seguir repartiendo riqueza aunque ya no produjera suficiente. Rodrigo Paz decidió prolongar parcialmente esa ilusión para ganar gobernabilidad electoral. Hoy enfrenta las consecuencias.

El problema es que la realidad económica no negocia con discursos. El dinero se acaba, la energía escasea y el modelo colapsa independientemente de la narrativa política. Cuando un gobierno tarda demasiado en decir la verdad, termina perdiendo dos veces: primero, porque hereda una crisis; y segundo, porque destruye la confianza de quienes creyeron en él. Ese es el verdadero precio de no decir la verdad.

Quienes votaron Rodrigo Paz sienten ahora que fueron engañados. Muchos de los sectores que hoy bloquean, protestan o presionan al gobierno son precisamente aquellos que creyeron que el país podía seguir funcionando bajo la lógica distributiva del masismo, aunque con un nuevo rostro. Esperaban continuidad con anestesia, no ajustes ni sacrificios.