Tribuna

El País: 50 años de un periodismo extraordinario

El País: 50 años de un periodismo extraordinario
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-05-13 07:53:22

No pasa un día sin haber leído El País. A sus columnistas, a sus viñetas, a sus reportajes, a sus crónicas, a sus denuncias. No pasa un fin de semana sin que me zambulla tardes enteras en las revistas dominicales como El País Semanal, Babelia, Ideas, Negocios, Planeta Futuro, entre otras secciones extraordinarias. Sus entrevistas a los pensadores más relevantes de la historia contemporánea y sus hipnotizantes enfoques son de una cuantía muy valiosa. Nos informan, nos orientan y enriquecen nuestras perspectivas académicas y periodísticas. No pasa una mañana, casi de madrugada, antes de comenzar una jornada laboral, sin que lea a uno de los tantísimos columnistas con sus visiones sesudas y hasta premonitorias de coyunturas regionales y globales.

No paso una sola oportunidad de pedirle a un amigo que, cuando me comenta que está de viaje por la tierra de Cervantes, Quevedo, Lorca, Savater, Unamuno, Pérez-Reverte, Rosa Montero, Aramburu, entre muchísimos más autores que, junto al mítico Javier Marías, fueron y son inspiración diaria para escribir mis propias columnas semanales, me encargue una edición —cualquiera— de El País y me la haga llegar impresa por estos lares. Cual sibarita, hojeo, observo y pongo detalle en su diseño, en la resolución de ciertas noticias duras, en enfoques distintos a los habituales; no dejo un centímetro sin leer. Nada tiene desperdicio. Nada es relleno ni mampostería.

Son 50 años de un periodismo exquisito. De valentía, de coraje y de compromiso con sus lectores. Y rescato un llamado de atención sobre un tema que está horadando todas las relaciones interpersonales e institucionales, y que tuvo a bien subrayar el actual director de El País, Jan Martínez: que en estos tiempos estamos acumulando un odio desbordado hacia todo. Y lo peor, subraya, es que no tenemos respuesta ante toda esta violencia e intimidación.

Y ahí, una extraordinaria periodista y Premio Nobel de Literatura, Svetlana Aleksiévich, encomienda, como si fuese una cirujana en plena mesa de operaciones, que el periodismo debe volver a su esencia primigenia como oficio: rescatar testimonios, entrevistas personales y escribir crónicas. Y nos compele a que los periodistas salgamos en busca de esos testigos, dondequiera que estén, para que, de esa manera, podamos —aunque sea un poco— entender la actual locura de nuestros días.

A lo largo de sus 30 años como escritora, nos advierte que, desde su morada literaria y periodística, tuvo que enfrentar noticias muy duras. Pero quizá lo que más conmueve es una frase estremecedora dicha por ella con motivo del 50 aniversario de El País: “Las personas que han sufrido mucho no lloran: hablan muy bajito y hablan sobre el amor”. El mal se ha apoderado rápidamente de las personas. Las ha intoxicado. Las ha envenenado. Aleksiévich nos da un poco de esperanza cuando nos dice que aún tenemos muchas lecciones que aprender del amor.

Uno de los grandes desafíos de cualquier medio de comunicación, para dicho medio español, es marcar las líneas entre periodismo y democracia. Un compromiso que El País asevera ha sido muy doloroso: asesinatos, atentados, persecuciones, intimidaciones, censura y terrorismo. Y desde su redacción nos invita a seguir en ese “combate” necesario, en tiempos en los que retrocede el pluralismo y avanzan las fuerzas antidemocráticas.

Hoy presenciamos la durísima avalancha de censura y persecución diaria contra los medios en Estados Unidos, con Trump y sus abogados a la cabeza. Nadie se salva de su guillotina. Ni siquiera los humoristas que cada noche “incomodan” al hombre de color naranja con sus parodias y sátiras. Su rabia crece desmesuradamente y exige despidos, juicios multimillonarios y hasta incluso insulta a las periodistas llamándolas estúpidas y malas personas.

En estos tiempos recios, necesitamos periodistas también recios. Aquellos que lleven adelante el equilibrio y la información oportuna frente a la intolerancia y el fanatismo; que sean la defensa de las minorías perseguidas y discriminadas; que apoyen la reducción de las disparidades económicas y sociales.

Y acá viene la otra gran recomendación de El País, avalada por sus más de medio siglo de experiencia: su método periodístico. Desde el 4 de mayo de 1976 fue el mismo: verificar y contrastar la información. Ir al lugar de los hechos y escuchar a los protagonistas, sin prejuicios ni “anteojeras”. Mantener la distancia con el poder. Y acá rescatan a un ícono del periodismo, el legendario reportero Albert Londres, quien sostuvo que nuestro oficio “no consiste en complacer ni en dañar, sino en poner la pluma en la llaga”.

En estos tiempos de crisis financiera y económica, de severas caídas en las pautas comerciales que obligan a los medios a reflotar sus ediciones con casi nada de recursos, es cuando más se debe tener en cuenta este valor y coraje por hacer un periodismo serio, responsable y crítico. Y con mucho valor, también El País alerta que nadie es infalible, por lo que, cuando uno se equivoca, debe rectificar.

Desde sus inicios, El País —un extraordinario proyecto y cinturón de seguridad— se dotó de mecanismos para proteger a los periodistas y a los lectores, como su Estatuto de la Redacción y el Libro de Estilo, además de la figura del Defensor del Lector, que vela por el cumplimiento de las normas por parte de los redactores y por los intereses de quienes los leen. Una figura que en su momento también existió en Bolivia, gracias a la visión de un medio muy importante del país.

La mentira y la desinformación, advierten con lucidez, ya existían cuando se fundó El País. La diferencia radica en la propagación acelerada de las falsedades por medio de las redes sociales y sus algoritmos, y en el hecho de que los fanáticos cuentan con audiencias de centenares de millones que amplifican fake news.

Y ahora surge un nuevo desafío: la inteligencia artificial. Hay beneficios, pero también riesgos para el periodismo y la democracia. La conclusión que nos dejan es que hoy no todo lo que se hace pasar por periodismo necesariamente lo es, así como tampoco todos los que se dicen periodistas digitales realmente lo son. Menudo nudo gordiano en el que nos encontramos.

Javier Medrano | Periodista columnista