Editorial

El desliz de Casimira Lema

La concejal paceña Casimira Lema dijo algo que muchos en La Paz comentan en voz baja desde hace años: que trasladar la sede de Gobierno “no sería una mala idea”...

Editorial | | 2026-05-13 07:56:15

La concejal paceña Casimira Lema dijo algo que muchos en La Paz comentan en voz baja desde hace años: que trasladar la sede de Gobierno “no sería una mala idea”. Después retrocedió, aclaró, matizó y terminó diciendo que “la sede no se mueve”. Pero el problema no es la aclaración. El problema es que, por un instante, se le escapó una verdad incómoda.

Casimira sabe de lo que habla. En 2019, cuando Bolivia entró en una de las etapas más traumáticas de su historia reciente tras la caída de Evo Morales y la transición encabezada por Jeanine Áñez, su casa fue tomada e incendiada. Ella conoce el rostro real de la violencia política, de las turbas y del odio desatado desde el poder y desde las calles.Cuando habla de La Paz como una ciudad castigada, habla desde la experiencia.

Y quizás ahí está el fondo del asunto. La Paz se acostumbró a vivir alrededor del poder político, pero el poder político no le devolvió estabilidad, prosperidad ni paz. Hoy la sede de gobierno aparece cercada por bloqueos, conflictos y dependencia económica. La ciudad más importante del país políticamente no puede abastecerse a sí misma. No produce lo suficiente. No genera una economía indispensable capaz de resistir una crisis. Vive pendiente del Estado y del centralismo.

Durante años se dijo que todos los males paceños eran culpa de El Alto, de los bloqueos o de las tensiones sociales. Pero el problema es más profundo. La Paz apostó históricamente por un modelo donde el Estado lo concentra todo: el dinero, las decisiones, la burocracia y el poder. Y cuando un país se vuelve excesivamente centralista, inevitablemente todas las frustraciones nacionales terminan descargándose sobre la sede del poder.

Eso no ocurre porque La Paz sea mala. Ocurre porque el centralismo termina devorando a sus propias capitales. Basta mirar América Latina: las ciudades que concentran todo también concentran el conflicto, la presión y el resentimiento social. Bolivia llevó ese modelo al extremo durante los últimos veinte años. El masismo profundizó una cultura rentista donde millones de personas dejaron de depender del trabajo y comenzaron a depender del Estado. Hoy esa factura está llegando.

Mientras tanto, regiones como Santa Cruz de la Sierra crecieron bajo otra lógica: producir, trabajar y sostenerse pese a la hostilidad política del centralismo. Evo Morales y luego Lis Arce intentaron sistemáticamente someter ese modelo productivo al mismo esquema estatista que domina el occidente del país, pero no tuvo éxito. Santa Cruz siguió trabajando y atrayendo gente que escapaba de regiones empobrecidas y paralizadas.

Por eso las palabras de Casimira tuvieron tanto impacto. Porque revelan una angustia que ya existe dentro de La Paz. El miedo de una ciudad que siente que el poder que concentró durante más de un siglo ahora se convirtió en una carga. Tal vez el debate no sea mover la sede de Gobierno. Tal vez el verdadero debate sea desmontar el centralismo que destruyó la productividad, fracturó al país y convirtió a Bolivia en una nación donde todos reclaman, pero cada vez menos producen.

Las palabras de Casimira Lema reflejan el miedo de una La Paz que siente que el poder acumulado por décadas hoy se volvió una carga. El problema ya no es la sede, sino el centralismo que debilitó la productividad y fracturó al país.