Cada 10 de mayo reaparecen los saludos de ocasión y las frases solemnes sobre el valor del periodismo. Se desempolvan fotografías antiguas, se multiplican los mensajes institucionales, relucen las preseas de reconocimiento y, por algunas horas, pareciera existir consenso sobre la importancia de este oficio.
Sin embargo, quizá la mejor manera de homenajear al periodismo sea recordar para qué existe realmente.
La prensa no nació para acompañar al poder ni para repetir su versión de los hechos. Su función es incomodar cuando hace falta. Vigilar. Preguntar. Poner luz allí donde otros quieren imponer oscuridad.
Por eso, cuando el periodismo se debilita, la democracia empieza a deteriorarse casi de inmediato. El espacio que deja una prensa seria e independiente rara vez permanece vacío. Lo ocupan vendedores disfrazados de comunicadores. Son mercenarios de la pluma, del micrófono o de la imagen. Difunden versiones manipuladas de la realidad y desatan una avalancha de información donde muchas veces resulta difícil distinguir lo verdadero de lo amañado.
Los gobiernos autoritarios entienden perfectamente este fenómeno. Necesitan ciudadanos confundidos o atrapados en el resentimiento. Un periodismo independiente representa un obstáculo para ese propósito, porque obliga a revisar versiones y a desconfiar de lo obvio; en suma, a pensar.
Pero sería ingenuo negar que el propio periodismo atraviesa una crisis profunda.
Hoy enfrenta la dificultad adicional de competir en un tiempo donde cualquiera puede publicar información y donde cualquiera opina, pero no siempre ejerce el periodismo.
La velocidad impuesta por las redes sociales ha cambiado las reglas del oficio. Hoy importa más llegar primero que llegar bien. Muchas veces se publica antes de comprender, antes de investigar. Hay quienes ni siquiera se dan el trabajo de confirmar.
Con demasiada frecuencia, el debate público termina reducido a la consigna instantánea o al show. Falta profundidad y compromiso con la investigación seria, y sobra urgencia por convertir cada suceso en una contienda emocional.
En ese escenario, el periodismo corre el riesgo de degradarse en militancia. Y cuando eso ocurre, pierde su activo principal, que es la credibilidad.
La credibilidad sigue siendo su patrimonio más importante. No la cantidad de seguidores. No el impacto momentáneo. Mucho menos el escándalo fácil. El espectáculo es el camino al deterioro.
Conviene decir una verdad que rara vez se reconoce. La gran mayoría de los periodistas no vive rodeada de privilegios ni de fama. Trabaja largas jornadas por salarios mínimos, en condiciones precarias y bajo presión permanente. Para muchos, ejercer este oficio con responsabilidad no significa prosperidad ni estabilidad, sino apenas la posibilidad de sostenerse con dignidad mientras intentan conservar independencia frente al poder y a los intereses económicos.
Pero no faltaron quienes hicieron del periodismo una plataforma de influencia, poder o enriquecimiento personal. Algunos incluso se convirtieron en prósperos empresarios de la influencia y la propaganda. Exhiben fortunas difíciles de justificar desde el simple ejercicio profesional y pontifican al servicio de intereses políticos o económicos, aunque tarde o temprano el ciudadano termina por identificarlos y censurarlos.
La presión económica, que muchas veces condiciona o desvía el trabajo del periodista, y la polarización política, que lo convierte en soldado de una causa, son obstáculos permanentes para quienes intentan ejercer el oficio con honestidad y compromiso con la verdad.
Sin embargo, el fondo de todos los problemas quizá sea la pérdida de límites éticos.
Porque no todo vale. No todo puede justificarse en nombre de una primicia o de algunos puntos más de audiencia. Hay una diferencia entre informar y deformar. Entre cuestionar y destruir deliberadamente.
Por eso este oficio exige mucho más. Exige preparación. Lectura. Paciencia para investigar. La costumbre de hacerse preguntas incluso frente a lo aparentemente evidente.
Exige también carácter para sostener una verdad incómoda cuando aparecen las presiones. Porque tarde o temprano ese momento llega. Y es allí donde un periodista demuestra quién es realmente.
No cuando recibe aplausos ni cuando sigue la corriente dominante, sino cuando entiende que la verdad puede tener costos y aún así decide seguir sus principios.
Porque tarde o temprano llega el momento en que cada periodista debe decidir qué está dispuesto a defender y qué prefiere callar.
Ese es el precio del periodismo.