Miradas

El presidente de la tibieza

El presidente de la tibieza
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2026-05-11 07:18:33

Quién hubiera imaginado que, apenas seis meses después de unas elecciones que sorprendieron al país entero, Bolivia volvería a estar atrapada entre dos visiones totalmente opuestas: la de quienes producen y sostienen la economía, y la de quienes aprendieron a vivir del bloqueo, de la presión y de la pobreza administrada.

Rodrigo Paz Pereira llegó al poder como una sorpresa política. El quinto terminó primero. Se presentó como un hombre moderno, conciliador, abierto al desarrollo y dispuesto a recuperar la confianza perdida después de veinte años de masismo, corrupción y destrucción económica.

Pero una cosa fue la campaña… y otra muy distinta el gobierno.

Porque hoy Bolivia tiene un presidente que habla mucho, aparece por todos lados, pero transmite muy poca claridad sobre el rumbo que realmente quiere tomar. En campaña parecía capitalista; en el gobierno actúa, muchas veces, como rehén de los mismos sectores que hundieron al país en la mediocridad económica y en el conflicto permanente.

Y ahí aparece el gran problema: la tibieza. La Biblia lo dice claramente: “A los tibios los vomitaré de mi boca”. Y la política es todavía más cruel que la religión, porque los tibios no solamente son vomitados… también son utilizados, humillados y, finalmente, enterrados por aquellos mismos a quienes intentaron agradar.

Rodrigo Paz quiere quedar bien con todos: con el productor y con el bloqueador, con el empresario y con el dirigente sindical, con quienes trabajan y con quienes viven de las marchas. Y en política, presidente, los tibios no duran mucho tiempo.

Bolivia no necesita discursos elegantes ni frases bien estructuradas para entrevistas. Necesita decisiones. Necesita firmeza. Necesita señales claras para saber si finalmente este país apostará por producir, exportar, generar empleo y recuperar la economía, o si seguirá sometido al chantaje eterno de sectores que paralizan ciudades mientras exigen más privilegios financiados por un Estado quebrado.

Porque eso es lo que hoy molesta a mucha gente: la sensación de que nuevamente se está premiando al que bloquea y castigando al que produce.

Miles de pequeños productores soñaban con convertirse en sujetos de crédito, con tener oportunidades reales de crecer, formalizarse y dejar de ser ciudadanos de tercera categoría. Pero otra vez aparecen los mismos grupos defendiendo pobreza, atraso y confrontación como si fueran virtudes revolucionarias, cuando simplemente representan la mediocridad cultural de dirigentes que viven a costa del Estado.

Y el gobierno, en vez de poner orden, parece buscar la aprobación de quienes jamás aportaron soluciones cuando Bolivia se hundía… Ahí está el error.

Confundir diálogo con debilidad. Porque, mientras el presidente intenta agradar a todos, comienza a desgastar la paciencia de una región entera que produce, invierte y sostiene gran parte de la economía nacional.

Santa Cruz no está reaccionando solamente por una ley o una coyuntura; está reaccionando contra una vieja costumbre política: castigar al que trabaja y proteger al que vive del conflicto. Y eso, presidente, es extremadamente peligroso.

Todavía está a tiempo de decidir qué tipo de gobierno quiere ser: uno que recupere el país con firmeza o uno más atrapado en la indecisión y el miedo a incomodar.

Porque gobernar no es aparecer en discursos ni administrar aplausos. Gobernar es asumir costos, tomar decisiones y entender que entre la mediocridad y el desarrollo no existe punto medio.

Tarde o temprano tendrá que escoger: entre la tibieza o la firmeza; entre el aplauso fácil o el respeto verdadero; entre gobernar Bolivia o dejar que nuevamente la terminen hundiendo quienes ya la destruyeron durante veinte años.

Rodrigo Paz todavía está a tiempo. Todavía puede decidir si será recordado como el hombre que tuvo el valor de cortar con veinte años de decadencia o como otro político más atrapado entre el miedo, la indecisión y la obsesión de agradar.

Presidente, deje la tibieza para el café mal servido. Los países quebrados no se rescatan con dudas, sonrisas ni discursos. Se rescatan tomando decisiones, aunque incomoden.

Alberto De Oliva Maya | Columnista