Miradas

Cuatro presidentes de EE.UU. fueron asesinados y dieciséis se salvaron

Cuatro presidentes de EE.UU. fueron asesinados y dieciséis se salvaron
Javier Medrano | Periodista columnista
| 2026-04-30 00:02:41

Detrás de una historia de más de 250 años de vida constitucional, en Estados Unidos, cuatro presidentes fueron asesinados y dieciséis sufrieron intentos de magnicidio o debieron enfrentar complots contra sus gestiones presidenciales, lo que se traduce en que más de un tercio —es decir, un 35 % de quienes han ocupado la Casa Blanca— fueron apuntados por un arma de fuego.

Lo curioso —y ya más de un analista norteamericano enarbola teorías de conspiración; otros hablan abiertamente de un montaje burdo para sepultar la crisis de la guerra con Irán y la consabida lista de Epstein, con el objetivo de “ganar oxígeno” político a meses de unas elecciones intermedias que, claramente, el Partido Republicano perderá— es que Trump vuelve a romper récords que deben leerse con mucho cuidado, y no solo por las tres veces que se atentó contra su vida, sino porque, cuando un mandatario es víctima, en solo dos años, de tres intentos de acabar con su vida, quiere decir que algo está completamente roto en una democracia donde sus ciudadanos buscan acortar el mandato mediante la violencia o están dispuestos a apoyar a un desquiciado para que violente la democracia. Trump, en esto de los magnicidios, superó incluso al mandatario estadounidense Gerald Ford, quien en 1975 sufrió dos intentos de asesinato en menos de diecisiete días.

Para varios sociólogos y académicos, Estados Unidos es un enorme experimento social de distintas razas, clases sociales y culturas diametralmente opuestas que, curiosamente, lograron construir un imperio durante más de 200 años, pero que, a la postre, se está derrumbando. Esa cohesión social norteamericana se habría perdido. Hoy, en los pasillos de las universidades que resisten los embates de un bucólico Trump junto a enfurecidos extremistas, se habla de un imperio decadente, sin principios, valores ni propósitos: un país sin identidad, plagado de grupos extremistas blancos, cristianos y nacionalistas, ahora manipulados por una nueva casta de poder que busca reordenar el mundo entero bajo una lógica de sumisión y cuyos líderes son los tecnócratas.

Mucho antes de que la palabra tecnocracia apareciera en el contexto de la Gran Depresión estadounidense, el filósofo francés Saint-Simon la había concebido como una forma de reinvención de la autoridad en las pujantes sociedades industriales de la época. Su rasgo más problemático fue plantear la construcción del futuro basada en competencias exclusivamente tecnocientíficas para afianzar un orden político meritocrático, eficaz y justo.

Más de doscientos años después, en medio de un caótico y desbordado Trump, surgen nuevas versiones de esta idea, pero mucho más extremistas. Para ellos, la democracia es incompatible con la libertad y, además, construyen una mirada ofensiva, de ataque frontal, en busca de un nuevo orden mundial bajo una lógica supremacista.

Y no hay nadie mejor que este hombre anaranjado, abismalmente ignorante y miserable, para encarnar este movimiento altamente preocupante, al que un desmedido Milei se ha entregado de cuerpo entero.

Pero volvamos al tercer intento de magnicidio contra Trump que, estoy casi seguro, podría eclipsar al magnicidio más bullado del país del norte: el asesinato de John F. Kennedy, quien el 22 de noviembre de 1963 fue baleado mientras viajaba en una caravana de autos abiertos en Dallas, Texas —incidente que obligó posteriormente a que todos los mandatarios se trasladen en vehículos blindados—, ejecutado supuestamente por el ya legendario Lee Harvey Oswald, y que se convirtió en uno de los crímenes con mayor cantidad de producciones cinematográficas, historias de ficción y teorías de conspiración. Fueron tres tiros que acabaron con la vida de un político que simbolizaba una suerte de realeza norteamericana. Años más tarde, su hermano menor, Robert Kennedy, también sería abatido a tiros en plena campaña electoral. Y ahora, Trump será éxito de taquilla.

Lo que es evidente es que muy pocos acontecimientos políticos cambian tan drástica y profundamente el curso de la historia de un país y su sociedad como un magnicidio, incluso aquellos que fracasaron. Estos actos violentos han alterado el destino de naciones y han dejado una marca indeleble en la memoria colectiva.

En los últimos 120 años (es decir, desde el inicio del siglo XX hasta la fecha), en América Latina, 12 presidentes fueron asesinados. Algunos eran mandatarios de gobiernos de facto o militares, mientras que otros llegaron al cargo por medio de procesos democráticos. En México, solo en las elecciones de 2024 se reportaron al menos 63 actores políticos asesinados, de los cuales 37 eran candidatos. En 2021, se registraron 102 políticos asesinados (36 aspirantes a cargos públicos). Entre 2003 y finales de 2025, se documentaron más de 115 homicidios de presidentes municipales, siendo los sexenios de Enrique Peña Nieto (38) y Felipe Calderón (36) los de mayor violencia.

En Bolivia, doce presidentes murieron de forma violenta, en circunstancias marcadas por el conflicto, la traición y la ambición de poder.

Otra clase de asesinato político —no magnicida—, pero que nace de las entrañas del poder mismo y también deja huella y cambia el rumbo de la historia, son los crímenes ejecutados por políticos, dictadores y tiranos.

Uno de los más emblemáticos fue el asesinato de León Trotsky, urdido por Stalin desde más de mil kilómetros de distancia. Trotsky fue brutalmente asesinado en su residencia en Coyoacán, México, durante el verano de 1940, con un piolet, a manos del español Ramón Mercader, un joven comunista leal a Stalin y a su policía secreta.

Putin no se queda atrás en esta larga lista de asesinatos atribuidos a líderes rusos. Se ha ganado un lugar en la historia como un dirigente cuyo método de asesinato preferido es el envenenamiento de sus enemigos.

Los hermanos Castro —Fidel y Raúl— ejecutaron a miles de cubanos por pensar diferente. Desde fusilamientos ordenados y suscritos por el propio Che Guevara —a quien no le temblaba el pulso para firmar órdenes de ejecución—, hasta otras formas de represión, todo en nombre de la revolución. Y así podríamos seguir…

El poder es una forma de enfermedad mental.

Javier Medrano | Periodista columnista
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