(El Salar es mío, pero que lo limpie otro)
Hoy parece no haber deporte nacional más practicado que el de indignarse frente a una pantalla de celular. Ahí está ese “patriota” que protesta públicamente en tik tok porque las agencias de turismo peruanas y chilenas cobran por mandar turistas a Bolivia. “Ellos cobran, nosotros no”, dice el defensor de lo nuestro. El boliviano "tranca" —ese guardián moral del patrimonio que probablemente no ha pisado Uyuni desde su excursión de promo en el 98— ha encontrado un nuevo villano: las agencias chilenas y peruanas. ¡Cómo se atreven! ¡Usurpadores de paisajes! ¡Piratas del litio visual! ¡Y hay que ver la cantidad de trancas, como él, que le aconsejan cómo trancar más!.
La lógica del "tranca" es fascinante: le hierve la sangre porque un operador en San Pedro de Atacama cobra en dólares por mostrar la Laguna Colorada, pero le parece "folclórico" que el turista tenga que cruzar un bloqueo de caminos a pie cargando su maleta porque hay un pliego petitorio sobre el precio de la semilla de rábano. Para el patriota de sofá, el Salar es propiedad privada de la identidad nacional, pero la atención al cliente es un concepto colonialista que no nos representa.
"¡Nos están robando el turismo!", brama, mientras el turista en cuestión prefiere contratar en Cusco porque allí, curiosamente, el itinerario no incluye la incertidumbre de si el guía aparecerá sobrio o si el hotel en el altiplano nacional tendrá agua caliente dos horas al día. El "tranca" quiere que el mundo pague y nos pida permiso para mirar nuestras montañas, pero se pone "bravo" si alguien sugiere que, quizás, cobrar cinco pesos por entrar a un baño que parece el escenario de una película de terror, no es la mejor estrategia de marca país.
El drama es cómico: nos molesta que el vecino haga el negocio que nosotros no queremos —o no sabemos— cerrar. Es como el perro del hortelano, pero con más sal y más altura. Queremos el monopolio de la billetera del gringo, pero nos reservamos el derecho de tratarlo como si nos estuviera debiendo un favor por dejarle pisar nuestro bendito suelo.
En fin, sigamos renegando. Es mucho más fácil culpar al chileno astuto o al peruano eficiente que admitir que, mientras ellos venden "experiencias", nosotros a veces vendemos "supervivencia". Pero eso sí, que nadie nos quite el orgullo de saber que el espejo más grande del mundo es nuestro... aunque tengamos que pedirle permiso a una agencia de afuera para que nos enseñen cómo se atiende a los que vienen a verlo.
Ese hiper-patriota que además sugiere cobrar al turista en la frontera, porque no puede ser que solo cobren las agencias de turismo chilenas y peruanas, ni siquiera piensa en los problemas antes mencionados que enfrentará en nuestro territorio y que además viene a Bolivia como país de “yapa” que no estaba en su itinerario. Hay que cobrarle en la frontera, porque así vendrán más turistas. Tampoco piensa que sin las agencias peruanas o chilenas (gracias hermanos sudamericanos) se acaba el turismo para Bolivia. Es más: está lejos de su entendimiento que el turista que llega, gasta en hotel, alimentación, transporte y guía de turismo (esté o no con tufo y además con olor a bolo, orgullo nacional).
Hay que cambiar la mentalidad del boliviano tranca. Ustedes, mis lectores, digan cómo.