La controversia entre el Papa León XIV y Donald Trump es, paradójicamente, una razón más para sentirnos orgullosos de vivir en Occidente. Solo en esta civilización puede darse un debate encendido entre dos figuras de semejante talla: uno, líder de la nación democrática más poderosa del mundo; el otro, representante moral del humanismo occidental por excelencia. Este disenso no es una debilidad; es nuestra mayor fortaleza. En el resto del mundo, donde la libertad es la gran ausente, tal controversia sería imposible. Vivimos en el único espacio civilizatorio donde coexisten proyectos distintos, posturas antagónicas y debates sin censura, y esa pluralidad es precisamente la fuente de la prosperidad que tanto combaten los dictadores. Sin embargo, el debate tiene un límite que ambos líderes deben dejar absolutamente claro: hay que defender Occidente. Con argumentos, con instrumentos pacíficos y con el disenso mismo si es necesario y obviamente también con las armas, como lo hicieron grandes jerarcas del catolicismo en el pasado. Que a nadie le quepa duda: hay quienes quieren destruir a Occidente y eso, a veces, no queda suficientemente claro en algunos líderes.