Los liderazgos caudillistas no suelen caer por la fuerza de sus adversarios, sino por el desgaste al interior de sus propias bases. La historia política está llena de ejemplos en los que el poder, construido sobre la obediencia, termina resquebrajándose cuando esa obediencia es obligada y no consentida. En el Chapare, ese momento parece haber comenzado.
Las recientes declaraciones del dirigente cocalero Elmer Lizarazu no son un hecho aislado ni una simple expresión de cansancio coyuntural. Son, más bien, un síntoma profundo de agotamiento orgánico. Sostener una vigilia permanente de cientos de personas, con costos económicos elevados y consecuencias sociales evidentes, no es políticamente sostenible en el tiempo. Menos aún cuando esa vigilia responde a la protección de un líder que hoy no solo está cuestionado, sino también cercado por la justicia.
El dato es revelador: 300 personas al día, 30.000 bolivianos diarios, semanas enteras de movilización obligada. Lo que en algún momento pudo haber sido interpretado como disciplina orgánica o lealtad política comienza a percibirse ahora como imposición, desgaste y abuso. La “dictadura sindical”, como la denominan algunos de sus propios protagonistas, empieza a mostrar fisuras.
En ese contexto, la sugerencia de Lizarazu —buscar un asilo político para Evo Morales y poner fin a la vigilia— tiene una carga política mucho más profunda de lo que aparenta. No es solo una salida práctica; es, en el fondo, una ruptura simbólica.
Este tipo de gestos, en política, suele ser el inicio de procesos mayores. Como en la célebre escena de la película Espartaco, cuando alguien del grupo se levanta y dice “yo soy Espartaco”, se abre la posibilidad de que los otros hagan lo mismo. No se trata de una rebelión inmediata, sino de una lenta pero progresiva pérdida del miedo. Cuando el primero rompe la disciplina, los demás comienzan a preguntarse por qué seguir obedeciendo.
No es la primera vez que el liderazgo de Evo Morales enfrenta este tipo de tensiones internas. Ya en el pasado, Andrónico Rodríguez había marcado distancia, cuestionando abiertamente el estilo de conducción del exmandatario. Su frase “…que no se debe confundir consecuencia con obsecuencia, ni lealtad con llunquerío” no solo fue un acto de valentía política, sino también una advertencia sobre los límites del caudillismo.
Hoy, las declaraciones de Lizarazu parecen inscribirse en esa misma línea. Son, si se quiere, un segundo momento de fisura. Ya no se trata solo de disputas en la cúpula, sino de un malestar que comienza a emerger desde las bases. Y eso es, siempre, mucho más peligroso para cualquier liderazgo.
Este episodio se conecta directamente con un proceso más amplio que se viene gestando desde hace años. Desde el referéndum del 21 de febrero de 2016, la trayectoria política de Evo Morales ha sido una curva descendente. La insistencia en perpetuarse en el poder, ignorando límites constitucionales, marcó el inicio de su declive.
Los eventos posteriores son conocidos: la crisis de 2019, su salida del país, la pérdida de control del aparato estatal, la fractura del Movimiento al Socialismo y, finalmente, la pérdida de “su sigla” en 2024. Cada uno de estos hitos fue debilitando su posición, pero ninguno resultó definitivo.
Lo que permanecía intacto era su base cocalera. Ese núcleo duro, construido durante décadas, es su último bastión de poder. Sin embargo, es precisamente ese bastión el que hoy comienza a mostrar señales de desgaste.
Las elecciones subnacionales recientes ya habían anticipado este fenómeno. Si bien Morales demostró que aún conserva capacidad de movilización en ciertas regiones, también quedó en evidencia que su liderazgo ya no es incuestionable. La emergencia de nuevos referentes, como Andrónico en su momento, refleja una disputa generacional y política que difícilmente se podrá contener.
En este escenario, las palabras de Lizarazu adquieren un significado aún mayor. No son solo una crítica a una estrategia puntual, sino una señal de que el vínculo entre el líder y sus bases se está erosionando. Y cuando ese vínculo se debilita, el poder se vuelve insostenible.
La posibilidad de un “efecto dominó” no es menor. Si otros dirigentes comienzan a expresar públicamente el mismo malestar, si las bases dejan de responder con la disciplina de antes, el liderazgo de Morales podría enfrentar su golpe más duro: la pérdida de su sostén social.
Paradójicamente, aquello que durante años fue su mayor fortaleza —el control férreo de sus bases— podría convertirse en su mayor debilidad. Porque cuando la obediencia es forzada, el quiebre, cuando llega, suele ser abrupto.
En política, los finales rara vez son inmediatos. Son procesos: acumulaciones de errores, desgastes, tensiones y rupturas que, en un momento determinado, se vuelven irreversibles. Todo indica que Evo Morales habría entrado en esa fase.
En 2024, pierde “su sigla”. En 2025, pierde la posibilidad de ser candidato. En 2026, podría marcar la pérdida de algo mucho más importante: sus bases.
Y cuando un caudillo pierde a su gente, no pierde solo poder. Pierde su razón de ser.
*El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón.