Dios te bendiga

Una promesa cumplida

Una promesa cumplida
Mons. Robert H. Flock | Columnista
| 2026-04-13 08:33:22

«Toma tu cruz y sígueme» (Mt 16,24).

A veces, a manera de chiste, me gusta comentar que Jesús dijo: «Toma tu cruz y sígueme», añadiendo algo que no dijo: “Pero no se olvide devolverla al terminar”.

¿Qué significa “tomar tu cruz” y “seguir a Jesús”?

Una interpretación típica, que falsifica esta invitación para todo discípulo, es la de aguantar las vicisitudes y tribulaciones de la vida como una cruz impuesta para sufrir, purificar el alma y ofrecer a Dios. Un cristiano jamás debe decir al que sufre: “aguanta tu cruz”. Más bien, debe convertirse en un Simón de Cirene que le ayude, como este ayudó a Jesús a cargar la suya, aunque fuese contra su voluntad, para aliviar ese sufrimiento.

La cruz de Jesús fue la consecuencia de su fidelidad y obediencia al Padre celestial. Nuestra cruz es la misma: nos invita a asumir las consecuencias de esa fidelidad. Por ejemplo, si soy fiel a mi pareja, no cometo adulterio y busco la reconciliación para superar cualquier dificultad en mi relación matrimonial. Si soy un cristiano fiel, renuncio a Satanás, a todas sus seducciones y obras y, por consiguiente, no voy a emplear violencia, no caeré en corrupción, no haré contrabando, no robaré ni cometeré adulterio, ni ningún otro abuso sexual o de poder; más bien, voy a dar testimonio de Cristo con una vida coherente con mi fe, siendo fiel a la Misa, comprometido con mi Iglesia y solidario con los sufridos. Si en mi pecho llevo una cruz, es por este compromiso, y no por simple adorno.

Con dos mil años de historia, no sorprende que tengamos cruces tanto rústicas, de madera, como las más finas, de oro. Algunas forman parte de nuestro patrimonio cultural e histórico. El 16 de agosto de 2019, un joven drogadicto y, a la vez, evangélico, entró a la Catedral de San Ignacio, tumbando imágenes y causando graves daños, incluso a un crucifijo del siglo XVIII que había sido creado con técnicas ya perdidas, con una combinación de fibra de palmera y tela. Esto ocurrió en medio de una combinación de droga y confusión anticatólica, alimentada por prédicas que citan ciegamente el Antiguo Testamento sin comprender el Nuevo.

No tenemos problemas con imágenes porque: «En este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo. Él es el resplandor de su gloria y la imagen de su ser» (Hebreos 1,2-3), con lo cual Dios mismo rompe su prohibición de hacer imágenes y nos da la imagen verdadera —de allí el nombre de “Verónica”— de su propio ser en la persona de Jesús, quien dice a sus discípulos: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14,9). Y luego: «Contemplarán al que traspasaron» (Juan 19,37), que es la finalidad de los crucifijos. Gracias a Emma Sosa (hermana de Angélica), nuestro crucifijo fue restaurado.

Todo esto lo escribo como introducción a otra historia.

El 8 de mayo de 1990, el entonces presidente de Bolivia, Jaime Paz Zamora, visitó la Casa Blanca en los Estados Unidos y entregó al presidente George H. W. Bush una cruz de oro macizo que era una reliquia y tesoro de su propia familia. Estaba acompañado por sus dos hijos mayores, Jaime y Rodrigo, que tenían 25 y 22 años.

El presidente Bush dijo que no podía aceptar semejante regalo por tratarse de patrimonio familiar; sin embargo, ante la insistencia de su colega boliviano, accedió, escribiéndole luego: “La colocaré en un lugar de honor muy especial en mi biblioteca [presidencial]… Dado que procede de su propiedad personal o familiar, la conservaré. Daré instrucciones para que se le devuelva cuando uno de sus hijos preste juramento como presidente”. Cabe recordar que George H. W. Bush fue el presidente número 41 de los Estados Unidos (1989-1993) y su hijo, George W. Bush, el presidente número 43, con dos mandatos (2001-2009).

Aunque Bush padre falleció en 2018, al celebrarse la Cumbre Escudo de las Américas, organizada por el presidente actual el 7 de marzo en el estado de Florida, a la que asistieron doce presidentes de América Latina, incluyendo a Rodrigo Paz, el secretario de Estado, Marco Rubio, cumplió la promesa del primer presidente Bush y devolvió la cruz de oro a su familia.

Cuando el presidente Bush hizo aquella promesa, no sabía con certeza que su propio hijo lo iba a suceder como presidente, aunque es probable que lo hubieran considerado. Mucho menos podía saber lo que pasaría con el hijo de Jaime Paz Zamora. Han pasado 36 años.

Ojalá que, además de intercambiar estas cruces —patrimonio de las familias y de la historia de las naciones—, podamos llegar a intercambiar embajadores y relaciones diplomáticas plenamente amigables.

La cruz sobre los hombros de un presidente que quiere cumplir tanto con su juramento a la patria como con su fidelidad al Señor Jesucristo es bien pesada. Quizás, en esto, hacen falta doce millones de ciudadanos en Bolivia que se conviertan en Simón de Cirene.

Jesús, ahora resucitado, nos dice: «Toma tu cruz y sígueme». Es hora de que dejemos de crucificarnos unos a otros en esta bella tierra santa y en este mundo sagrado, pero sangrante, y pongamos todos el hombro a la cruz —si no al arado—, fieles a nuestra vocación.

Dios te bendiga.

Mons. Robert H. Flock | Columnista
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