Alguien tenía que decirlo con claridad, y ese ha sido el Banco Mundial. Su proyección de una contracción de -3,2% para 2026 no deja espacio para discursos complacientes: Bolivia no ha salido de la crisis. Los datos confirman lo que muchos perciben en la vida diaria: una economía debilitada, sin inversión suficiente y con señales de agotamiento estructural. Es cierto que el organismo anticipa un posible crecimiento en 2027. Pero conviene no confundir rebote con recuperación real. Crecer después de caer no significa haber resuelto los problemas de fondo. La falta de productividad, la incertidumbre interna y las limitaciones del modelo siguen presentes y condicionan cualquier mejora futura. En el mejor de los casos, Bolivia apenas estaría empezando a salir del fondo. Y eso implica reconocer que el camino por delante exige mucho más esfuerzo. No bastan expectativas ni discursos optimistas: se necesitan reformas, decisiones firmes y una visión de largo plazo. La sinceridad del diagnóstico es apenas el primer paso.