Editorial

Ley 157: la verdadera reforma agraria

Bolivia ha vivido décadas atrapada en un romanticismo agrario que, en la práctica, solo ha sido una condena a la miseria. Desde la Revolución de 1952 y las sucesivas reformas agrarias...

Editorial | | 2026-04-09 00:44:06

Bolivia ha vivido décadas atrapada en un romanticismo agrario que, en la práctica, solo ha sido una condena a la miseria. Desde la Revolución de 1952 y las sucesivas reformas agrarias, se le entregó la tierra al campesino, pero se le entregó "muerta". Al declararla inembargable bajo el paraguas de la "función social", el Estado convirtió al productor en un guardián de hectáreas, pero no en un propietario pleno. La Ley 157, promulgada recientemente, es el hito que rompe esas cadenas: es, finalmente, la llegada del capitalismo al campo boliviano.

Hernando de Soto explicaba en El misterio del capital que la diferencia entre el éxito de Occidente y el estancamiento del tercer mundo no es la falta de activos, sino la falta de derechos de propiedad representables. El campesino boliviano siempre ha tenido tierra, pero esa tierra no era capital porque no podía ser usada como garantía, no podía generar crédito ni inversión. Era un activo "muerto". Esta ley permite que el pequeño productor, de forma voluntaria, convierta su propiedad en mediana, dándole el poder de hipotecar y, por ende, de soñar con la mecanización, la tecnología y la escala.

Resulta revelador observar quiénes se oponen a esta medida. La izquierda rancia y ciertas ONGs han saltado alarmadas, bajo el pretexto de proteger al "vulnerable". Pero seamos claros: su oposición no es por amor al campesino, sino por miedo a perder un cliente político. El colectivismo necesita al productor pobre, resentido y dependiente de los bonos o del político de turno que "le salve la cosecha". Un campesino con acceso al crédito bancario, que compra su propio tractor y decide qué sembrar según el mercado, es un ciudadano libre. Y la libertad del individuo es el fin del negocio de quienes lucran con la victimización.

¿Por qué el comerciante de la ciudad puede acceder al crédito para ampliar su inventario y el productor de uva en Tarija o de oleaginosas en Santa Cruz no podía hacerlo? No hay razón moral ni económica para esa discriminación. El campesino puede y debe ser capitalista. El capitalismo no es una ideología de élites; es la herramienta más democrática de la historia para sacar a la gente de la pobreza mediante el esfuerzo y la inversión.

Este es el verdadero hito histórico. Mientras las reformas del pasado se basaban en la repartición política de la tierra, la Ley 157 se basa en la soberanía financiera. Al permitir que la propiedad sea garantía, se integra al campo en el sistema financiero nacional, inyectando una vitalidad que el presupuesto estatal jamás podría cubrir.

La prosperidad no llega por decreto ni por discurso; llega cuando el derecho de propiedad es pleno. Hoy, Bolivia da un paso hacia la modernidad agraria. El capitalismo ha llegado al campo para convertir al "pequeño productor" en un empresario rural. Aquellos que prefieren verlo pobre pero "protegido" han perdido la batalla frente a la realidad: la tierra es para quien la trabaja, pero sobre todo, para quien tiene la libertad de hacerla crecer.

El capitalismo ha llegado al campo para convertir al "pequeño productor" en un empresario rural. Aquellos que prefieren verlo pobre pero "protegido" han perdido la batalla frente a la realidad: la tierra es para quien la trabaja, pero sobre todo, para quien tiene la libertad de hacerla crecer.