Uno de los estribillos más repetidos por los jerarcas del MAS era la soberanía y no se cansaban de propalar que el país se había liberado del imperialismo y que ya era dueño de su propio destino. El discurso anticolonial resonaba en plazas y foros internacionales. Sin embargo, más de 1.400 páginas de documentos filtrados revelan una verdad profundamente contradictoria: mientras se predicaba independencia, se entregaba silenciosamente la soberanía a otro poder imperial, esta vez con sede en Moscú.
La filtración internacional liderada por el consorcio Forbidden Stories expone con nombre, apellido y presupuesto el modo en que una estructura de inteligencia rusa, denominada "la Compañía", operó en Bolivia durante 2024. No se trató de una influencia vaga o simbólica. Fueron siete especialistas rusos físicamente presentes en La Paz, redactando discursos para el entonces presidente Luis Arce, diseñando estrategias comunicacionales para contener el impacto político del controvertido "autogolpe" del 26 de junio, y ejecutando operaciones encubiertas para desacreditar a Evo Morales. Todo ello financiado con un presupuesto global que alcanzó los 7,3 millones de dólares entre enero y octubre de 2024.
El imperialismo ruso del siglo XXI no llega con ejércitos ni con flotas de guerra. Llega con estrategas de comunicación, con periodistas entrenados, con redes de influencers y con millones de dólares destinados a moldear lo que la gente piensa y cree. "La Compañía", heredera del disuelto Grupo Wagner y bajo la tutela del Servicio de Inteligencia Exterior ruso, operó en más de 30 países con un método perfectamente aceitado: identificaba actores políticos vulnerables, infiltraba espacios de opinión, financiaba medios y construía narrativas favorables al Kremlin.
Hay una ironía brutal en todo esto que merece nombrarse sin rodeos. Los mismos líderes que durante décadas construyeron su identidad política sobre la denuncia del “imperialismo yanqui” fueron quienes abrieron las puertas a una potencia extranjera para que manejara sus discursos y operara libremente en territorio boliviano. Los documentos revelan que "la Compañía" utilizaba precisamente el vocabulario antiimperialista como herramienta de penetración, sembrando polarización, desconfianza institucional y fragmentación social.
Bolivia hoy tiene una oportunidad histórica. Con el gobierno de Rodrigo Paz, el país debe marcar una ruptura nítida con esa dependencia encubierta. El primer paso es la transparencia: pronunciarse oficialmente sobre estas revelaciones, abrir investigaciones serias y expulsar cualquier agente de inteligencia extranjera que continúe operando en el país. El segundo paso es fortalecer el periodismo independiente y la alfabetización mediática para construir defensas democráticas reales frente a la desinformación.
Los tentáculos de Rusia llegaron a Bolivia envueltos en banderas de solidaridad y retórica antioccidental. Pero debajo había algo más frío y calculado: una operación diseñada para mantener al país dentro de la órbita de Moscú sin importar el costo para su democracia.
Desprenderse de esos tentáculos comienza con nombrar lo que ocurrió, sin eufemismos ni miedo. Bolivia merece una política exterior que responda a sus propios intereses, no a los de ningún Kremlin.