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Cubanos hacen milagros para enfrentar la crisis energética

Los "inventos criollos" se multiplican en toda Cuba ante los apagones crónicos, la falta de agua y la escasez de combustible agravada por el bloqueo petrolero impuesto por Trump en enero.

Internacional | Agencias | 2026-04-05 22:19:00

La crisis energética, hídrica y alimentaria que sacude a Cuba ha empujado a sus habitantes a fabricar soluciones de supervivencia con chatarra, carbón vegetal y agua de lluvia. Desde un auto que funciona sin gasolina en un pueblo del interior hasta familias habaneras que almacenan agua en botellas de refresco para ducharse, los llamados "inventos criollos" se han convertido en la respuesta colectiva de una sociedad al límite, golpeada además por una orden ejecutiva firmada por Donald Trump a finales de enero que bloqueó la llegada de combustible a la isla.

El caso más emblemático es el de Juan Carlos Pino, mecánico empírico de 56 años del pueblo de Aguacate, a hora y media de La Habana, quien adaptó un Polski Fiat de 1980 para funcionar con carbón vegetal tras quedarse sin gasolina. Pino construyó el sistema en dos meses, soldando chatarra y objetos reciclados a la parte trasera del vehículo, siguiendo los videos de YouTube del ingeniero argentino Edmundo Ramos, quien tardó doce años en lograr lo mismo.

El Observatorio Cubano de Conflictos registró 1.245 protestas, denuncias y expresiones críticas en todo el país durante el último mes, impulsadas por los cortes de electricidad, la falta de agua, la escasez de combustible y el encarecimiento de los alimentos. La llegada reciente de un petrolero ruso con 730.000 barriles de crudo alivió mínimamente la situación, aunque los analistas advierten que la tensión se mantendrá por la persistencia de las carencias estructurales.

En La Habana, los apagones obligan a soluciones tan precarias como urgentes. Aurelio Pedroso, periodista retirado de 74 años del barrio de Miramar, conecta cada noche una batería de auto a un inversor de corriente para encender un solo bombillo. La poca gasolina que guarda su familia está reservada exclusivamente para sus citas de oncología. Sus hielos terapéuticos se derriten en el congelador apagado mientras su esposa padece las rodillas inflamadas sin tratamiento posible.

En el municipio del Cerro, familias enteras dependen de doce baldes de agua cargados desde pipas compartidas para sobrevivir cuarenta y ocho horas. Botellas de refresco almacenan agua de lluvia recolectada durante los últimos temporales. Hace menos de un mes, una veintena de madres bloqueó la calle principal con cubetas vacías y troncos de madera en señal de protesta, hasta que las autoridades llegaron amenazando con detenerlas.

Romina, madre de un niño de tres años del municipio habanero del Cerro, abandonó su trabajo estatal hace cuatro meses porque el salario no le alcanzaba ni para quince días. Hoy sobrevive haciendo manicuras a vecinas por 500 pesos cubanos, menos de un euro por servicio. "¿Hasta cuándo tener que explicarle a mi hijo que no hay más comida?", se pregunta.

Mariana, antigua profesora de inglés reconvertida en manicurista, participó en esa protesta callejera y describe el estado anímico predominante entre los vecinos de su barrio. Lleva diecinueve días sin agua corriente y una semana sin recolección de basura en su vivienda. "En el cuerpo ya habitaron todas las emociones: enfado, rabia, hartazgo. Ahora solo me representa la desesperanza", afirma.

El funcionamiento del auto a carbón de Pino requiere media hora de preparación antes de encenderse: verter carbón en un tanque de propano modificado, encenderlo con alcohol y un trapo, y avivar las llamas con una manguera de lavadora reconvertida. Cuando el motor finalmente arranca, vecinos de toda la plaza se reúnen a su alrededor. "El que tiene dinero compra gasolina. A mí me toca mancharme las manos con carbón", ironiza su creador.

La crisis afecta también a la producción. Nadia González, directora de una empresa textil de Centro Habana, trabaja con apenas cuatro rollos de tela, media docena de bolsas de botones y un puñado de agujas de repuesto porque el bloqueo petrolero impidió la llegada de materia prima importada desde China. "Hemos aprendido a ser más eficaces con el material que tenemos. Ahorrar no es malo", dice desde un almacén casi vacío.

Desde su madrugada de insomnio, Pedroso aprovechó la oscuridad para escribir un texto en su viejo ordenador con el brillo de pantalla al mínimo para ahorrar batería. En él describe a ancianos que viven solos sin más alternativa que gritarle al vecino ante una emergencia, porque llamar a una ambulancia "sería perder el tiempo". Escribe también, con amargura apenas contenida, sobre la indignidad de terminar así los últimos años de vida.

"Dígame si no es para perder la razón", concluye Pedroso en su texto, mientras su esposa Margarita lo escucha fumando un cigarro con la bolsa de hielo derretida bajo la rodilla inflamada. Ella le pide que apague ya el ordenador antes de que se descargue la batería y no pueda volver a escribir. La escena resume con precisión la lógica de una sociedad que administra hasta el último destello de energía disponible.

Cuba enfrenta hoy la combinación de un bloqueo externo y décadas de carencias estructurales que han convertido la vida cotidiana en un ejercicio permanente de ingenio forzado. Mientras la diplomacia internacional intenta descomprimir la tensión en torno a la isla, la pregunta que recorre sus barrios no es si habrá solución, sino simplemente hasta cuándo alcanzará lo que queda.

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