Ni siquiera hace falta un gran análisis: hasta el más tonto se da cuenta de que los cubanos quieren capitalismo. Lo dice la calle, lo gritan los apagones y, paradójicamente, lo confirma el propio Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, el hombre que convirtió a la isla en símbolo del socialismo. La contradicción es brutal: incluso quienes nacieron en la cúspide del sistema reconocen su fracaso. Mientras una élite mínima vive con privilegios —electricidad constante, bebidas frías, negocios privados disfrazados—, la mayoría sobrevive entre escasez, hambre y resignación. Es la radiografía más honesta del socialismo: riqueza concentrada arriba y miseria extendida abajo. Y, sin embargo, desde fuera, la izquierda caviar sigue romantizando Cuba como si fuera un parque temático ideológico. Se hospedan en hoteles de lujo, brindan por la revolución y regresan sin haber sentido el peso real del sistema que defienden. La gran paradoja cubana es esta: el modelo que prometía igualdad produce desigualdad, y el capitalismo, demonizado por más de un siglo, sigue siendo la única esperanza concreta para mejorar la vida de los más pobres.