¡Crucifícalo!: Mt 27,22-23; Mc 15,13; Lc 23,21; Jn 19,15
Jesús fue crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, quien primero estableció su inocencia: «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo» (Jn 19,6). Lo hizo, como los cuatro Evangelios atestiguan, presionado por la turba, a su vez manipulada por los sumos sacerdotes y otros enemigos. Pilato se lavó las manos, pero jamás podrá lavar su nombre.
Algo similar sucedió con el proceso contra los ex provinciales de la Compañía de Jesús, “de oficio”, bajo el poder del Estado Plurinacional de Bolivia. Cuando Jesús fue juzgado, optó por guardar silencio, excepto por decir que su Reino “no es de este mundo” (Jn 18,36). A los jesuitas, los jueces les impusieron el silencio para asegurar su propia impunidad por todas las irregularidades que se verán a continuación. ¡Que toda la verdad salga a la luz! Su sentencia responde al griterío: «¡Crucifícalos!».
El caso fue analizado en el artículo titulado “Sentencia 66/2025: Catálogo de infracciones al sentido común y al derecho humano al debido proceso” (ANF; 1/10/2025). Concluye que: “Seguramente, a través del Tribunal Departamental de Justicia de Cochabamba o del Tribunal Supremo de Justicia o, por último, mediante el TCP, se revocará la sentencia 66/2025, so pena de ocasionar que, al final del día, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) condene al Estado boliviano por un nuevo caso de negligencia judicial”.
Antes de enumerar los vicios de la justicia en este caso, es importante aclarar que la Iglesia y los jesuitas fallaron al no proteger a los niños y adolescentes en el Internado Juan XXIII. Es justo y necesario comprender y acompañar el sufrimiento de quienes han sido víctimas y, sobre todo, priorizar acciones para que esto no vuelva a repetirse jamás. También es imprescindible asumir la responsabilidad de compensar los daños ocasionados, en la medida en que comparten responsabilidad por lo sucedido. Seguramente, esta responsabilidad no es exclusiva de los jesuitas. ¿Acaso no tenían como cómplices a otras personas e instituciones, en aquel entonces asociadas con los internados y su educación, que no quisieron escuchar las denuncias?
Los dos ex provinciales fueron sentenciados por el supuesto encubrimiento de los delitos que habría cometido el padre Alfonso Pedrajas S.J. en las décadas de 1970 a 1990, aparentemente pederasta confeso póstumo, pero nunca convicto ni sentenciado.
No soy abogado, pero el sentido común y el procedimiento penal hacen entender que:
● No puede haber encubrimiento de un delito no juzgado ni declarado judicialmente por sentencia.
● No se puede condenar a alguien en base a leyes que no existían cuando se cometió el delito.
● Pedrajas murió en 2008, antes de que fuera conocido su supuesto diario.
● Nunca fue juzgado ni condenado en vida.
● Los procesos judiciales se extinguen automáticamente con la muerte del acusado.
Al Tribunal de Justicia le toca juzgar delitos y no pecados. Y cuando, presionado por la opinión pública, o por el dolor de la parte acusadora, o por el afán de venganza, o por la promesa de un millón de dólares a cada víctima, o por coimas, o por cualquier motivo que no esté definido por ley en un verdadero Estado de derecho, se mete en la esfera de Dios, al igual que cualquier pederasta violador de niños, y actúa como Satanás.
La Iglesia tuvo que aprender que su tarea no es la maldita “Santa Inquisición”, sino perdonar o no perdonar mientras anima a la conversión, como les indicó el Resucitado a los Apóstoles: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Jn 20,21-23).
En cambio, Jesucristo, crucificado bajo el poder de Poncio Pilato, es juez de vivos y difuntos. Frente a su tribunal nos encontraremos todos, pronto o tarde: Pedrajas ya; los dos jesuitas ancianos, pronto. Seguramente, los hermanos de la Compañía de Jesús están bien preparados para el tribunal de Jesús.
Tú, yo y nuestros juzgados, ¿quién sabe cuándo nos toque? También llegarán las víctimas de Poncio Pilato, de los asesinos, de los genocidas, de los terroristas, de los violadores y de los pederastas, y todo ser humano que ha cometido y/o sufrido una injusticia.
Y, de repente, delante del Justo Juez, mirando las marcas de su pasión en sus manos y pies, no nos va a preguntar si fuimos buenos o malos, justos o injustos, porque todos somos pecadores. Ya conoce nuestros pecados y no podemos esconder nada ante Él.
Nos colocará delante de todos los maleantes que nos han maltratado en esta vida y preguntará: ¿Los perdonas de corazón? (Mt 18,35).
Felices ustedes cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie de toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque tendrán una gran recompensa en el cielo (Mt 5,11-12).
¡Felices Pascuas de Resurrección!
Dios te bendiga.