El impacto de la guerra de Irán en América Latina, pese a la distancia, es y será significativo. El conflicto, con epicentro en Asia Occidental y ramificaciones globales, tiene para nuestra región un potencial considerable de inestabilidad.
La ausencia de una verdadera “autonomía estratégica” multiplica los riesgos y reduce el margen de maniobra. Nuestros gobiernos, en la práctica, están sujetos al dólar. Cualquier desviación de las reglas sistémicas no escritas puede pagarse con fuga de capitales, depreciación de la moneda o más inflación. Además, cuando el precio del petróleo se dispara, los déficits fiscales se amplían y el endeudamiento externo se agrava.
¿Por qué una guerra tan lejana puede afectarnos tanto?
El conflicto, que estalló el 28 de febrero, es una guerra asimétrica con múltiples actores en la sombra. Aunque las bombas caen en Asia Occidental, la disputa se desarrolla en un tablero global.
Lo que está en juego no es solo el control del estrecho de Ormuz o el programa nuclear iraní, sino la capacidad de Estados Unidos para sostener tres pilares de su hegemonía: el energético, el logístico y el monetario. Se trata, en esencia, de una guerra de desgaste en la que se define la continuidad del sistema de gobernanza global vigente.
Irán no busca una victoria militar convencional, sino debilitar la presencia estadounidense en su entorno y erosionar su influencia. El problema para América Latina es que su estabilidad —financiera y política— depende de un “cordón umbilical” llamado dólar, que rige el precio del petróleo y gran parte del comercio internacional.
El drama de los presupuestos
Nuestros países elaboran sus presupuestos anuales con base en estimaciones del precio del petróleo. Para 2026, Colombia proyectó 60 dólares por barril, Brasil 65 y México 70. Sin embargo, el Brent superó los 100 dólares el 11 de marzo y no parece que regrese pronto a esos niveles.
Ese desfase se traduce en inflación. Transporte, fertilizantes y fletes se encarecen rápidamente, impactando la estructura de precios. Esto deteriora el poder adquisitivo y, en última instancia, la estabilidad económica.
Inflación y zonas de riesgo
En la práctica, la inflación funciona como un mecanismo de ajuste del sistema. Determina quién puede consumir y quién no, qué empresas sobreviven y cuáles desaparecen. En América Latina opera como un instrumento silencioso de reconfiguración de desigualdades.
En este contexto, varios países pueden verse especialmente afectados: Colombia, Ecuador, Chile, Uruguay, Paraguay o Panamá. Aunque tengan poca relación directa con Irán, su alta exposición externa —tanto para importar como para exportar— los vuelve vulnerables a shocks globales.
Casos específicos
México representa una excepción relativa. Produce y exporta petróleo, pero importa gasolina. No puede aumentar rápidamente su producción, pero cuenta con un mecanismo clave: asegura el precio del crudo mediante coberturas financieras y utiliza ingresos extraordinarios para subsidiar combustibles, amortiguando el impacto inflacionario.
El resto de países tenderá a sufrir más. No basta con tener recursos naturales; las vulnerabilidades estructurales —como la baja diversificación productiva y la dependencia externa— encarecen los costos de cualquier crisis global.
Un caso particular es el de los países agroexportadores sudamericanos. El encarecimiento de los fertilizantes, que han subido cerca de un 30% desde finales de febrero y no se producen localmente en cantidades suficientes, dificulta mantener costos y productividad. Esto se traslada a los precios de los alimentos, contribuyendo a las presiones inflacionarias tanto en la región como a nivel global.
Lo que ocurre en Asia Occidental impacta así no solo a América Latina, sino también al Sur Global, el eslabón más débil de un orden internacional frágil y asimétrico.
Conclusión
Más allá de previsiones, lo preocupante son los efectos ya visibles: tasas de interés más altas que frenan la producción, aumento de la desigualdad, crecimiento de la migración irregular y de la criminalidad organizada, deterioro ambiental y mayores injerencias externas.
Los círculos viciosos que limitan la autonomía estratégica de la región se refuerzan con una guerra lejana que profundiza fragilidades internas. No hace falta la presencia de soldados latinoamericanos en el Golfo Pérsico para que sus economías sufran el impacto: ya ha caído una “bomba” financiera y política de efectos prolongados. Y lo más inquietante es que no existe un escudo eficaz para detenerla.
/Juan Agulló - Latinoamérica21