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Bolivia: cinco años para reinventarse… o para terminar de perderse

Bolivia: cinco años para reinventarse… o para terminar de perderse
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2026-03-31 07:51:16

Bolivia no votó solamente autoridades subnacionales. Votó, sin darse cuenta, el prólogo de los próximos cinco años. Y, como suele pasar, lo hizo entre la resignación, la rabia contenida y esa peligrosa costumbre de elegir sin terminar de creer.

Porque lo que dejaron estas elecciones no es una lista de ganadores… es un mapa de desgaste. Se cayeron mitos, se desinflaron liderazgos y, lo más grave, se confirmó que muchos de los que se creían indispensables… eran perfectamente prescindibles.

Los partidos que alguna vez se asumieron estructuras sólidas hoy son cascarones vacíos: sellos reciclados, alquilados al mejor postor, donde las siglas pesan menos que el apellido del candidato. Ideología… cero. Convicción… la justa para sobrevivir una elección más. Bolivia entendió tarde que los partidos no murieron por persecución… murieron por mediocridad.

Y, en medio de ese vacío, el sistema electoral sigue intacto: el mismo padrón cuestionado, parchado y sospechado… pero convenientemente intocable. Porque cambiarlo implicaría reiniciar el juego, y quienes controlan el tablero nunca aceptan empezar de nuevo. Así, el país aprendió a votar sin confiar… y a elegir sin creer.

La política boliviana, especialmente en el eje cruceño, acaba de vivir algo más profundo que una derrota: una pérdida de fe.

Sin embargo, no todo es ruina. Lejos del ruido mediático, comenzaron a aparecer nuevos rostros: jóvenes que crecieron viendo el fracaso de una generación que prometió todo y administró poco. No traen épica ni discursos revolucionarios. Traen algo más peligroso para el viejo sistema: sentido común.

Ahí está el quiebre. Mientras los antiguos líderes siguen atrapados en sus relatos, estos nuevos actores entienden lo básico: la política no es para salvarse uno… es para evitar que el país se hunda.

Luis Fernando Camacho, que hace no mucho encarnaba la épica de la resistencia, hoy representa el pasado. Un liderazgo que no logró evolucionar al ritmo de una ciudadanía que ya no quiere mártires… quiere gestores.

Zvonko, Sosa, Añez y los eternos operadores forman parte de esa vieja guardia que creyó que la política era una herencia. El votante, silencioso pero implacable, les recordó que la memoria electoral es corta… pero el castigo es contundente.

En paralelo, emergen nuevos actores. Algunos con fuerza real, otros inflados por el momento. Todos, sin embargo, canalizan el cansancio de la gente frente a lo mismo de siempre.

Ahí aparece Mamen: más fenómeno que político tradicional. Ganó con comodidad, pero esa comodidad es una trampa. Ahora debe demostrar que no solo sabe llegar… sino gobernar. Porque en Bolivia ganar es fácil; lo difícil es sostener.

Y ahí surge el dilema central: ¿renovar por renovar… o renovar con capacidad? Cambiar caras no cambia sistemas. Bolivia no necesita influencers políticos… necesita estadistas.

Mientras tanto, en el fondo del escenario, el socialismo dañino —ese que destrozó el país— sigue jugando su propio partido. A veces dividido, a veces golpeado, pero nunca fuera del tablero. Porque si algo ha perfeccionado en estos años no es gobernar… es resistir. Perder elecciones puede ser un accidente; perder el poder, nunca.

Ahí están otra vez: Leonardo Loza, Dockweiler, Mario Cronembold… los mismos rostros, reciclados con nueva narrativa. Viejos leales convertidos en administradores de un “nuevo” socialismo que promete eficiencia sin abandonar el control.

Y eso debería preocupar. Porque mientras la oposición se fragmenta entre egos y proyectos personales, el masismo entiende algo básico: el poder no se regala, se construye… incluso en silencio.

Estas elecciones no son un punto final. Son una advertencia. Para los viejos líderes: el tiempo no perdona. Para los nuevos: el poder no es un premio, es una prueba. Y para el país: sin una renovación real —no estética, sino estructural— los próximos cinco años pueden ser más de lo mismo… con distintos nombres.

Bolivia entra en una etapa peligrosa: una transición sin dirección. Y cuando un país cambia de actores, pero no de prácticas, lo único que hace es repetir su historia.

La pregunta no es quién ganó. Es quién está preparado para gobernar lo que viene. Porque lo que viene no es una alcaldía ni una gobernación… es un país al borde de definirse.

Al final, la historia no recordará a los que se quejaron del sistema. Recordará a los que se atrevieron a cambiarlo… cuando todavía había tiempo.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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