Por más incómodo que resulte decirlo, la gestión de Rodrigo Paz aún no ha comenzado. Y no lo dicen sus críticos, lo sugiere el propio Gobierno cuando anuncia, recién ahora, el envío de un paquete de leyes estructurales que —en teoría— marcarán el rumbo del país. Todo lo anterior ha sido transición, espera o, peor aún, simple inercia.
Hasta hoy, Bolivia ha seguido funcionando bajo el mismo andamiaje del MAS: mismas leyes, misma burocracia, mismos vicios. No ha habido ruptura real. La administración actual no ha desmontado el modelo heredado, apenas lo ha administrado. Y cuando lo ha hecho, los resultados han sido, en el mejor de los casos, cuestionables.
La crisis de la gasolina es el ejemplo más claro. La improvisación, la falta de previsión y la torpeza en la ejecución dejaron al descubierto que el aparato estatal sigue operando con la lógica de siempre. Lo mismo ocurrió con el episodio de los billetes de la serie B tras el accidente del Hércules en El Alto: desorden, opacidad y ausencia de control. No hay relato que maquille esos errores.
Paradójicamente, la decisión más relevante —la eliminación del subsidio a los combustibles— no fue capitalizada políticamente por el Gobierno, sino sostenida socialmente por la población. Fue la gente la que entendió que el país se encaminaba al colapso si se mantenía esa distorsión. Fue la ciudadanía la que asumió el costo, con una paciencia que empieza a agotarse.
Porque esa paciencia tiene límite. Y ya se siente en las calles. La inflación, el encarecimiento de la vida y los problemas estructurales no resueltos siguen ahí, latentes, como una presión acumulada. El país comienza a recuperar su talante conflictivo, ese que emerge cuando la política no ofrece respuestas.
Ahora sí empieza la verdadera prueba. Con el ingreso de las leyes de hidrocarburos, minería, inversiones y reforma estatal al Legislativo, el Gobierno deja el terreno cómodo del discurso y entra al campo minado de la acción. Ahí se verá si tiene la capacidad de transformar o si se queda en la retórica.
Porque no se trata solo de aprobar normas. Se trata de desmontar un modelo. De achicar un Estado sobredimensionado, reducir el déficit, generar confianza para atraer inversiones y enfrentar de verdad al narcotráfico. Se trata de meterse en el fango donde aún no ha puesto un pie.
El desafío político no es menor. El Legislativo es una olla de grillos, fragmentado y volátil. El manejo de alianzas será clave. Y también el control interno: la figura del vicepresidente, cuestionada y errática, representa más un problema que un respaldo.
El país no necesita más discursos bien construidos ni promesas grandilocuentes. Necesita decisiones. Necesita carácter. Necesita un liderazgo dispuesto a asumir costos y sostenerlos en el tiempo.
La gestión, en efecto, no ha empezado. Pero está a punto de hacerlo. Y lo que viene no admite excusas. Aquí se define si el Gobierno de Rodrigo Paz será una transición más o el inicio de un cambio real.
El país no necesita más discursos bien construidos ni promesas grandilocuentes. Necesita decisiones. Necesita carácter. Necesita un liderazgo dispuesto a asumir costos y sostenerlos en el tiempo.