Con bombos, platillos y cámaras, el Gobierno volvió a lanzar un nuevo plan de erradicación de coca ilegal. La escena se repite como un ritual conocido: operativos, discursos solemnes y promesas de control. Sin embargo, Bolivia escucha hablar de erradicación desde hace más de cuarenta años, tiempo en el que el Chapare se ha transformado en uno de los mayores polos del narcotráfico del mundo. En ese tiempo, el Chapare nos “regaló” un presidente cocalero y protector del narcotráfico y terminó consolidándose como una republiqueta donde el Estado entra tarde, poco o a medias. Millones gastados en erradicación y los cocales no desaparecen: se mueven, se repliegan y vuelven a expandirse. El resultado es paradójico. Se erradica coca en un lugar para que reaparezca en otro. Se invierte en arrancar plantas que pronto vuelven a sembrarse unos kilómetros más allá. Algo hacemos mal para que, después de cuatro décadas, los resultados sigan siendo tan adversos y contraproducentes. Tal vez llegó el momento de cambiar de estrategia o, al menos, de aplicar con seriedad la que ya existe. Porque así, la erradicación termina siendo solo otra forma de expandir el problema.