Hace unos días, el ministro de Gobierno, Marco Antonio Oviedo, se declaró sorprendido por la aparición en Bolivia de una nueva droga conocida como marihuana ICE, una sustancia altamente concentrada que ya circula en la región y cuyo destino principal sería el mercado brasileño. A poco tiempo, los ciudadanos de a pie nos venimos a enterar que nuestro país ya es un productor importante de esta sustancia y no somos un territorio de tránsito simplemente, como lo aseguró la autoridad.
No es buena noticia que el principal responsable de la seguridad del país no tenga clara la verdadera dimensión que tiene el narcotráfico en Bolivia. En el régimen del MAS sí sabían pero jamás lo admitían, porque eran cómplices. Entendemos que esa relación ha cambiado, pero es necesario demostrarlo. No queremos pensar que todavía no vemos al “elefante en medio de la habitación”, que el narcotráfico sigue evolucionando y que el Estado se encuentra un paso atrás.
Lo inquietante no es solo la presencia de esta droga, sino el contexto en el que aparece. Desde enero de este año, las autoridades han detectado más de una tonelada vinculada a esta nueva modalidad. En Potosí se descubrió incluso una estructura destinada al procesamiento de la resina concentrada, junto con equipos químicos para su elaboración. No estamos hablando de un fenómeno marginal o accidental. Hay indicios claros de una cadena productiva en formación.
Por eso resulta difícil aceptar la idea de que el país sea simplemente un territorio de tránsito. Esa explicación puede servir en el plano diplomático, pero pierde credibilidad cuando se observan los hechos: plantaciones extensas, laboratorios artesanales, cargamentos camuflados y redes logísticas que utilizan aeropuertos, carreteras y empresas de transporte.
Uno de los episodios más llamativos ocurrió recientemente en el aeropuerto de Viru Viru, donde se detectó un cargamento de más de 350 kilos de esta sustancia camuflada en equipos electrónicos procedentes de Estados Unidos. La droga estaba destinada a ser fraccionada en Santa Cruz y trasladada por tierra hacia Brasil.
El caso, sin embargo, dejó más preguntas que respuestas. ¿Cómo logró ingresar un cargamento de esa magnitud? ¿Quién facilitó el tránsito logístico? ¿Qué controles fallaron? Hasta ahora, las explicaciones han sido parciales y las responsabilidades poco claras.
En un país que durante dos décadas convivió con acusaciones persistentes de tolerancia estructural hacia el narcotráfico, la transparencia en estos casos no es un detalle menor. Bolivia ha sido señalada reiteradamente como un territorio donde se consolidó una estructura compleja que abarca desde cultivos hasta redes de exportación de drogas.
El nuevo gobierno tiene la oportunidad —y la obligación— de demostrar que esa etapa quedó atrás. Pero eso no se logrará con declaraciones de sorpresa. Se logrará con investigaciones profundas, esclarecimiento de los casos recientes y señales claras de que las redes que operan dentro del país, sin importar su nivel de protección o influencia, serán desmanteladas.
El nuevo gobierno tiene la oportunidad —y la obligación— de demostrar que esa etapa quedó atrás. Pero eso no se logrará con declaraciones de sorpresa. Se logrará con investigaciones profundas, esclarecimiento de los casos recientes y señales claras de que las redes de narcotraficantes que operan dentro del país, sin importar su nivel de protección o influencia, serán desmanteladas.