El escritor mexicano Octavio Paz describió al Estado latinoamericano como el “Ogro filantrópico”: un poder gigantesco que, bajo la apariencia de protector, termina sofocando la iniciativa social y económica. En su visión, el centralismo era a la vez la respuesta al miedo a la fragmentación y una de las causas del atraso de América Latina. La historia boliviana introduce una paradoja singular en esa teoría.
En América Latina, el centralismo absorbe la riqueza de las provincias y concentra el desarrollo en la capital. En Bolivia ocurrió algo más extraño: parte de la periferia se desarrolló más que el centro, y lo hizo justamente en la medida en que estuvo lejos del Estado.
Santa Cruz es el ejemplo más evidente. Durante décadas fue una región periférica, aislada del poder político asentado en el altiplano. La distancia geográfica y administrativa significó también ausencia del Estado, y esa ausencia obligó a la región a desarrollar su propia dinámica productiva. El desarrollo llegó no gracias al centralismo, sino pese a él.
En contraste, en varias regiones donde el Estado tuvo mayor presencia ocurrió lo contrario. Potosí fue durante siglos el corazón minero que financió imperios, pero la lógica extractiva centralista dejó una economía dependiente y frágil. Cochabamba, que alguna vez fue el granero de Bolivia, vio deteriorarse su capacidad productiva bajo políticas estatales erráticas. Tarija, a pesar de su riqueza gasífera, terminó atrapada en una estructura donde gran parte de la renta energética fue absorbida por el poder central sin transformar estructuralmente la región. El patrón es inquietante: donde el Estado central controla la riqueza, la economía regional se debilita.
Esto explica el miedo del occidente boliviano a la autonomía. No se trata solo de un desacuerdo ideológico sobre el modelo de Estado. Es, en gran medida, el reflejo de una estructura económica y social profundamente dependiente del aparato estatal.
El centralismo ha generado una cultura política basada en clientelismo, prebendalismo y empleo público. El Estado se convirtió en el principal distribuidor de recursos, oportunidades y poder. El resultado es una paradoja histórica: el centralismo, que supuestamente debía proteger y fortalecer al núcleo político del país, terminó debilitándolo. Mientras el oriente desarrolló una economía productiva relativamente autónoma, amplias zonas del occidente quedaron atrapadas en una relación de dependencia con el Estado.
El “ogro filantrópico” descrito por Paz adquiere una forma aún más trágica. No es solo un monstruo que devora la iniciativa de la sociedad. Es un ogro saturnino que termina devorando a sus propios hijos.
El centralismo se alimenta de las regiones productivas, pero al mismo tiempo consume la vitalidad económica del propio centro. Y cuando se propone descentralizar el poder o redistribuir competencias, el sistema reacciona con miedo, porque sabe que no tiene la capacidad de sostenerse sin esa dependencia.
El debate sobre autonomía y pacto fiscal en Bolivia no es solo una discusión administrativa, es una discusión sobre supervivencia histórica. Porque si algo demuestra la experiencia boliviana es que el monstruo centralista no solo devora a la periferia. También termina devorándose a sí mismo.