Suena difícil admitirlo, pero la historia muestra que quienes mejor entienden la paz suelen ser los expertos en el arte de la guerra, no los pacifistas retóricos. Desde que la bomba atómica fue lanzada sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, el mundo no ha vuelto a vivir un conflicto de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial. Existen guerras, sí, pero no una confrontación global entre potencias. Japón no estaba dispuesto a rendirse y aquella decisión brutal aceleró el final del conflicto. Paradójicamente, el horror inauguró una era de disuasión. La paz dejó de ser ingenuidad y se convirtió en equilibrio de fuerzas. Hoy, actores como Rusia o Irán tensionan ese equilibrio. Intentos de negociación, como los impulsados por Donald Trump evidencian que no todos los actores responden al diálogo. La disuasión sigue siendo clave. La diferencia es que hoy la tecnología permite operaciones quirúrgicas contra estructuras de poder, evitando ataques masivos contra civiles. Ya no se trata de arrasar ciudades, sino de neutralizar amenazas: cortar la cabeza de la serpiente para evitar una guerra mayor.