Editorial

El Alto contra El Alto

Lo ocurrido tras la caída del avión Hércules cargado de dinero no solo dejó una escena de muerte, caos y pillaje...

Editorial | | 2026-03-03 07:26:15

Lo ocurrido tras la caída del avión Hércules cargado de dinero no solo dejó una escena de muerte, caos y pillaje. Dejó un espejo incómodo en el que una parte de El Alto -y de Bolivia en general-, necesita mirarse a sí misma. Lo más grave no fue únicamente la tragedia, sino la reacción: disparos, saqueo, indiferencia frente a los muertos. No es una imagen exclusiva de una ciudad. Es una imagen de la naturaleza humana cuando desaparece el orden y aflora el instinto.

No se puede estigmatizar. La gran mayoría de los alteños es gente trabajadora, emprendedora, creativa, que lucha cada día en condiciones adversas. Son comerciantes, transportistas, artesanos, productores. Son el motor silencioso de su propia supervivencia. Pero también es cierto que existe enquistada en El Alto una cultura política que ha reforzado durante décadas una identidad asociada a la confrontación, al bloqueo y a la destrucción como mecanismo de presión.

Ahí surge el verdadero conflicto: El Alto contra El Alto.

Lamentablemente, la visión que se impone y la imagen que proyecta El Alto es la que se alimenta de la épica del conflicto, que encuentra identidad en la confrontación permanente. Esta última ha construido un relato de orgullo alrededor de la caída de gobiernos, los bloqueos, la paralización del país, en el cerco a las ciudades, la voladura de puentes y el uso de comunidades campesinas como carne de cañón.

El problema es que esa épica no ha traído prosperidad. No ha convertido a El Alto en una metrópoli industrial. No ha resuelto la pobreza estructural. No ha generado desarrollo sostenible. Ha producido poder político para ciertos líderes, pero no bienestar duradero para la población.

Este fenómeno no es exclusivo de El Alto. Es, en realidad, un reflejo ampliado de una cultura política presente en toda Bolivia. El bloqueo, la presión, la amenaza de paralización se han convertido en herramientas normalizadas. El país entero arrastra ese estigma de sociedad que puede volverse contra sí misma, que puede destruir antes que construir. Lo que ocurre en El Alto es que esa cultura se expresa con mayor intensidad y crudeza.

Las sociedades terminan convirtiéndose en aquello que celebran. Si celebran la destrucción, se vuelven destructivas. Si celebran la producción, se vuelven productivas.

En contraste, ciudades como Santa Cruz de la Sierra han construido una identidad más asociada al crecimiento económico, al emprendimiento y a la expansión productiva. No son sociedades perfectas, pero han apostado por una narrativa distinta.

El Alto (y Bolivia) tiene hoy una decisión histórica que tomar. Puede seguir alimentando el mito de la ciudad rebelde, utilizada una y otra vez por liderazgos políticos que movilizan el resentimiento para alcanzar el poder, como ocurrió durante los años de ascenso de Evo Morales. O puede construir una nueva identidad basada en su enorme potencial económico, su juventud, su energía emprendedora. El verdadero enemigo de El Alto no es el resto del país. Es la imagen que una parte de sí misma ha decidido abrazar.

Ninguna ciudad progresa viviendo en guerra permanente contra el orden, contra la estabilidad y contra su propio futuro. Ninguna sociedad construye riqueza desde el caos. La revolución que El Alto necesita no es la del bloqueo. Es la de la producción.