Es una noticia alentadora que Bolivia intente finalmente asomar la cabeza al mundo. El presidente Rodrigo Paz ha emprendido una agenda internacional intensa: Washington, Miami, Santiago de Chile y próximamente Brasil y Europa. Que un mandatario boliviano se siente en la misma mesa con líderes regionales convocados por Donald Trump o asista a la investidura de José Antonio Kast no es un simple detalle protocolar; es una señal de pragmatismo necesaria para un país que se quedó sin oxígeno financiero y sin credibilidad. Es bueno tener un presidente viajero, pero solo si esos kilómetros recorridos se traducen en algo más que fotos oficiales y apretones de manos.
El contraste con el pasado reciente es inevitable y doloroso. Tuvimos, durante casi dos décadas, a otro "presidente viajero". Sin embargo, los viajes de Evo Morales —y posteriormente de Luis Arce— carecían de utilidad pública real. Eran periplos financiados con el erario nacional para fortalecer una imagen personal de líder antiimperialista, para abrazarse con dictadores en decadencia o para defender causas que, lejos de atraer progreso, nos estigmatizaron, como la defensa de un excedente de hoja de coca que termina alimentando al narcotráfico. Aquellos viajes eran para reunirse con "perdedores" ideológicos, bloques irrelevantes como el ALBA o el G77+China para fines puramente retóricos, mientras el mundo del capital y la tecnología nos cerraba las puertas.
Rodrigo Paz viaja con el objetivo declarado es "volver al mundo", pedir crédito, atraer inversiones y mostrar que Bolivia ha cambiado. Sin embargo, aquí reside el mayor peligro: corremos el riesgo de que estos viajes terminen siendo tan estériles como los de Morales si no se acompañan de reformas estructurales en casa.
El inversor internacional, el que realmente mueve la aguja de la economía, no se deja seducir por un discurso elocuente en un foro internacional. Cuando Rodrigo Paz extiende la mano pidiendo inversión, lo primero que el empresario serio le preguntará es: "¿Dónde están tus leyes?". Y la respuesta hoy es desoladora. Seguimos operando bajo la misma estructura jurídica "tranca" del modelo anterior. Tenemos una Constitución enemiga del capital privado; leyes de hidrocarburos y minería que ahuyentan a cualquiera que busque seguridad jurídica; y un sistema impositivo que es un auténtico infierno para el que produce
Ir al mundo a "vender" a Bolivia sin haber modificado el aparato elefantiásico de la burocracia estatal es, en el mejor de los casos, ingenuo. No podemos seguir mostrando la "cara de pobre" para que nos den una limosna en el FMI o el Banco Mundial. El objetivo debe ser demostrar que somos un país seguro para invertir, que protege la propiedad privada y que combate el crimen y el narcotráfico con hechos, no con discursos. El tiempo es oro y la paciencia de los mercados es finita.
Celebramos que el presidente viaje y que lo haga con un equipo técnico capaz. Pero no nos engañemos: el éxito de su gestión internacional no se medirá por las millas acumuladas, sino por los papeles que logre firmar en La Paz.
Sin leyes que otorguen seguridad jurídica y sin un desmantelamiento real del modelo estatista que nos heredaron, el "presidente viajero" no será más que un visitante distinguido en tierras ajenas, mientras en casa la crisis sigue tocando la puerta. Viajar es el primer paso, pero reformar es el único camino.