«Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras.»
Lc 24,45
En mi juventud era común ser evaluado para conocer el coeficiente de inteligencia (IQ) y saber si uno era más o menos normal (100), un genio (140+) o tenía discapacidad mental (-70). Se basaba sobre todo en capacidades matemáticas y verbales. En la universidad me enteré de que existía la inteligencia emocional, por la cual se pueden percibir, comprender y manejar las emociones propias y ajenas, importantísima para las relaciones interpersonales.
Ahora, según la teoría de las inteligencias múltiples elaborada por Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, hay una docena de diferentes formas de inteligencia, en las que, si tiene interés, puede profundizar en Wikipedia: 1.- Lingüístico-verbal, 2.- Lógico-matemática, 3.- Visual-espacial 4.- Musical-auditiva, 5.- Corporal-kinestésica, 6.- Interpersonal, 7.- Intrapersonal, 8.- Naturalista, 9.- Emocional, 10.- Existencial, 11.- Creativa y 12.- Colaborativa.
Naturalmente, esta lista no incluye la inteligencia artificial, que no es una capacidad humana, sino una herramienta informática que está empezando a dominar las búsquedas de información por Internet y es utilizada para el reconocimiento de voz e imágenes, la traducción automática, el modelado predictivo, el análisis de datos, la seguridad cibernética, asistentes virtuales inteligentes, robótica y diagnóstico médico, compras en línea, publicidad, análisis financiero, marketing y productividad, como también para formas de engaño, manipulación política, difamación, espionaje, pornografía y mucho más.
¡Cuánto se beneficiaría nuestra niñez y juventud si la educación en Bolivia fuese desarrollada en torno al uso positivo de estas inteligencias, en vez de ideologías y metodologías caducas!
Me parece que en esta consideración falta una inteligencia, la más importante, que es la espiritual. A primera vista suena como la existencial, número 10, que se define como “meditación de la existencia, incluyendo el sentido de la vida y la muerte”, pero esto sería una comprensión superficial, irónicamente carente de inteligencia, porque la inteligencia espiritual es sintonía con Dios.
La inteligencia espiritual nos permite pasar de una mera comprensión de las cosas a la verdadera sabiduría. Es la única que puede unir y armonizar a todas las demás y asegurar que sean empleadas sanamente. Todas las frases del Padrenuestro están emanadas de la inteligencia espiritual de Jesucristo, como también sus parábolas y demás enseñanzas, sus milagros y su entrega final. «¿De dónde le viene esta sabiduría y ese poder de hacer milagros?» (Mt 13,54). Es que reunía en su persona todas las inteligencias, menos la artificial, que no le hacía falta.
En la antigüedad, aunque inspirado por Dios con algo de esa inteligencia espiritual, Cohelet se quejó porque Dios «hizo todas las cosas apropiadas a su tiempo, pero también puso en el corazón del hombre el sentido del tiempo pasado y futuro, sin que el hombre pudiera descubrir la obra que hizo Dios desde el principio hasta el fin» (Eclesiastés 3,11). Concluyó que «todo es vanidad» (1,1 — literalmente: «humo que se esfuma»), por lo que «lo único bueno para el hombre es alegrarse y buscar el bienestar en la vida» (3,12).
Job, por el sufrimiento del inocente, reclamó: «Yo quiero hablarle al Todopoderoso; mi deseo es discutir con Dios» (13,3). Pero cuando finalmente el Señor le habló desde la tormenta, sin revelar el motivo de su sufrimiento (una apuesta con Satanás), Job terminó callándose: «Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza» (42,6).
Pablo de Tarso, que pasó de fariseo que celosamente perseguía a la Iglesia a ser el mayor apóstol y teólogo de la novedosa fe cristiana, escribía sobre «el misterio que estuvo oculto desde toda la eternidad y que ahora Dios quiso manifestar a sus santos» (Col 1,26), por lo que afirma: «la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres» (1 Cor 1,25).
Jesús mismo había explicado a sus discípulos durante la Última Cena: «Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes» (Jn 14,16-17).
En otras palabras, las personas no tienen acceso a la inteligencia espiritual, a no ser que reciban al Espíritu Santo como regalo del mismo Señor.
Es como el acertijo de la diadema de Ravenclaw en Harry Potter, que estaba escondida en la Sala de los Menesteres; el fantasma Helena Ravenclaw, la Dama Gris, le explica: «Si tienes que pedir, nunca lo sabrás; si lo sabes, solo tienes que pedir». El don del Espíritu Santo y la inteligencia espiritual se escapan al mundo, pero para los creyentes, «pidan, y se les dará» (Mt 7,7; Lc 11,11).
Pero ¿para qué se lo va a dar si niegan su existencia? ¿Cómo puedes recibirlo si andas con el corazón duro y resentido? El consejo de Jesús es pedirlo, incluso con insistencia: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!» (Lc 11,13).
Jesús resucitado, a sus discípulos, «les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras», es decir, les dio el don de la inteligencia espiritual para que no solo comprendieran la Biblia, sino que pudieran conversar con Dios en todo momento. Estos dicen: «Voy a escuchar lo que dice el Señor; habla de paz para su pueblo y para sus amigos» (Salmo 85,9).
Esto no es opio para los pueblos, como dijo alguien carente de inteligencia espiritual. Es vida en abundancia. ¡Para esto tenemos la Cuaresma!
Dios te bendiga.