
Pakistán ha dinamitado este viernes el frágil dique de contención que, hasta ahora, evitaba que su pulso con los talibanes afganos se convirtiera en un choque declarado entre Estados. El Gobierno paquistaní ha informado de que, durante la madrugada, sus fuerzas armadas bombardearon objetivos en Kabul, la capital de Afganistán, y otros puntos del país, con el que comparte una frontera de 2.640 kilómetros. Horas más tarde, el ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, proclamó que Islamabad se encontraba en una “guerra abierta” con el régimen talibán, un salto retórico y operativo que implica asumir el enfrentamiento como un conflicto directo entre fuerzas estatales, y no solo como una sucesión de escaramuzas fronterizas o golpes puntuales contra grupos armados.
La escalada culmina meses de deterioro acelerado de la relación bilateral y constituye el episodio más grave desde el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021. Los “contraataques” paquistaníes alcanzaron “objetivos militares” en Kabul, la ciudad de Kandahar y la provincia de Paktia, de acuerdo con el portavoz del primer ministro de Pakistán para medios extranjeros, Mosharraf Zaidi, quien aseguró que estos se produjeron en respuesta a “ataques afganos no provocados”. Según fuentes de seguridad paquistaníes, las operaciones incluyeron bombardeos aéreos y acciones terrestres contra puestos militares, cuarteles y depósitos de armas en varias zonas a lo largo de la frontera.
En la capital afgana fue bombardeado al menos un depósito de munición, según un oficial militar afgano citado por medios internacionales, mientras que la radiotelevisión estatal paquistaní informó de impactos contra un arsenal similar en Kandahar.
Las cifras de bajas difundidas por los dos bandos no han podido ser verificadas de forma independiente. Pakistán sostiene que ha matado al menos a 133 combatientes afganos, mientras que las autoridades talibanes afirman haber causado la muerte de 55 soldados paquistaníes y tomado 19 puestos fronterizos. En paralelo, ambos mandos han presentado sus acciones como respuesta necesaria a una agresión previa.
Pakistán bombardea "objetivos militares" en Afganistán
El primer ministro de Pakistán, Muhammad Shehbaz Sharif, ha advertido que sus fuerzas armadas tienen la “plena capacidad de reducir a polvo cualquier ambición agresiva” por parte de las afganas. Pakistán es una potencia nuclear desde 1998.
Por su lado, el principal portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, ha confirmado los ataques sobre la capital afgana y otros puntos del país: “El cobarde ejército pakistaní ha llevado a cabo bombardeos en algunas áreas de Kabul, Kandahar y Paktia”, escribió en la red social X.
El ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, ha asegurado en X que la paciencia de su país “se ha acabado”. “A partir de ahora, estamos en una guerra abierta entre vosotros y nosotros”, ha escrito, dirigiéndose a Afganistán. “Pakistán ha hecho grandes esfuerzos para mantener la normalidad de forma directa y a través de países amigos. Se ha involucrado en una diplomacia de pleno derecho. Pero los talibanes se han convertido en un representante de la India”, ha justificado Asif.
Enfrentamiento fronterizo
El choque actual cristaliza un conflicto incubado durante meses (y alimentado durante años) por la cuestión que envenena la relación entre Islamabad y Kabul: la presencia de la milicia Tehreek e Taliban (TTP, talibanes paquistaníes) en territorio afgano. Pakistán acusa al Gobierno talibán de permitir que esta se refugie, se entrene y opere desde Afganistán para lanzar ataques dentro de Pakistán. Los talibanes afganos niegan albergar al grupo y sostienen que Islamabad intenta desviar la atención de sus propios problemas de seguridad interna.
Los datos ilustran la magnitud del problema. El Pak Institute for Peace Studies contabilizó más de 440 muertos en cerca de 300 atentados atribuidos al TTP en Pakistán el año pasado; más del 80% de las víctimas eran miembros de las fuerzas de seguridad. En otoño, el grupo reivindicó un atentado suicida que causó una docena de muertos en un tribunal de Islamabad, uno de los episodios que endurecieron el discurso paquistaní.
Un informe publicado este mes por el Consejo de Seguridad de la ONU añadió más presión sobre Kabul al señalar que Al Qaeda “sigue disfrutando del patronazgo de las autoridades de facto” en Afganistán y que el Gobierno talibán ha proporcionado armas al TTP. Las autoridades afganas rechazan estas acusaciones y niegan que su territorio se utilice para atacar a países vecinos.
La secuencia inmediata que desemboca en los bombardeos sobre Kabul se aceleró esta semana. El martes, Pakistán lanzó ataques aéreos en el este de Afganistán contra lo que describió como campamentos del TTP y de militantes del Estado Islámico. Kabul denunció que esos ataques causaron 13 muertos civiles y advirtió de que habría una respuesta.
Con este telón de fondo, las fuerzas del Gobierno talibán y de Pakistán mantienen desde este jueves intensos combates nocturnos en varios puntos de la frontera tras el lanzamiento de una operación coordinada por Kabul a lo largo de la denominada Línea Durand, que se produce cinco días después de una serie de incursiones aéreas de Pakistán.
La escalada ha provocado una rápida reacción de los actores regionales. Los gobiernos de Rusia, China e Irán han reclamado un proceso de diálogo entre Kabul e Islamabad. El Ministerio de Exteriores ruso expresó su “preocupación” por el “drástico repunte de los enfrentamientos armados”, mientras que la Cancillería china ha adelantado que está trabajando “en una mediación del conflicto a través de sus propios canales”.
Irán, que comparte frontera con ambos, ofreció su mediación y llamó a resolver las diferencias “a través del diálogo” y “en el marco de la buena vecindad”, en plena celebración del mes de Ramadán, un periodo que Naciones Unidas había confiado en que favoreciera la contención.