Editorial

El fenómeno peruano

¿Es Perú un experimento político o un fenómeno digno de estudio? Nueve presidentes en diez años —desde Pedro Pablo Kuczynski hasta José María Balcázar— describen una inestabilidad...

Editorial | | 2026-02-23 00:06:00

¿Es Perú un experimento político o un fenómeno digno de estudio? Nueve presidentes en diez años —desde Pedro Pablo Kuczynski hasta José María Balcázar— describen una inestabilidad que en cualquier otro país habría derivado en colapso económico. Sin embargo, la economía peruana sigue funcionando. No es un modelo perfecto, pero tampoco es el desastre que muchos pronosticaron.

Desde 2016 ningún presidente elegido ha terminado su mandato. Han caído Martín Vizcarra, Pedro Castillo, Dina Boluarte y recientemente José Jerí. El Congreso, armado con la figura constitucional de la “incapacidad moral permanente”, se ha convertido en un poder dominante, al punto de que algunos analistas hablan de “autoritarismo legislativo”.

Y, sin embargo, el país no se hunde.

Aquí aparece la primera clave del fenómeno: la fortaleza macroeconómica institucional. El Banco Central de Reserva del Perú ha mantenido durante casi tres décadas una inflación baja y una política monetaria prudente. La independencia del banco emisor ha sido un dique frente al vendaval político. Mientras los presidentes desfilaban por el Palacio, la política monetaria no se movía al ritmo de las crisis.

La segunda clave es estructural: Perú es un gran exportador de minerales, especialmente cobre y oro. Los altos precios internacionales han sostenido ingresos fiscales y reservas. La economía real —minería, agroexportación, comercio— funciona con relativa autonomía del drama parlamentario. No depende exclusivamente del humor del presidente de turno.

La tercera clave es fiscal. Perú mantiene una de las deudas públicas más bajas de la región y un manejo prudente del gasto. No hay populismo fiscal descontrolado. Incluso en medio de la turbulencia política, el Estado no ha perdido completamente el sentido de la disciplina macroeconómica.

La política peruana se volvió desechable sin que el aparato económico dependa de ella. Aquí cobra sentido la frase atribuida al dramaturgo irlandés George Bernard Shaw: a los políticos hay que cambiarlos con la misma frecuencia que los pañales, y por la misma razón. En Perú los cambian seguido. Y la economía sigue.

El contraste regional es inevitable. Países con gobiernos longevos y estabilidad política formal no necesariamente han mostrado mejores resultados económicos sostenidos. La estabilidad por sí sola no garantiza prosperidad. Tampoco la inestabilidad condena automáticamente al desastre si existen instituciones técnicas sólidas.

Perú no es un modelo exportable ni un ejemplo acabado. Es, más bien, una paradoja viva: inestabilidad democrática con estabilidad macroeconómica; turbulencia política con resiliencia productiva. Un laboratorio donde se prueba que la economía puede sobrevivir a la fragilidad del poder, siempre que existan instituciones técnicas fuertes y límites al populismo fiscal.

Tal vez no sea un experimento deliberado. Tal vez sea simplemente un fenómeno. Pero en un continente que suele equiparar estabilidad política con prosperidad automática, el caso peruano obliga a replantear certezas.