Editorial

¿Otra reforma educativa?

El Gobierno ha anunciado una inversión de 50 millones de dólares para una nueva reforma educativa. Cada administración que llega al poder cree que debe dejar su huella en las aulas...

Editorial | | 2026-02-17 00:06:00

El Gobierno ha anunciado una inversión de 50 millones de dólares para una nueva reforma educativa. Cada administración que llega al poder cree que debe dejar su huella en las aulas. La educación parece ser el laboratorio favorito de los regímenes. La pregunta no es si necesitamos cambios. La pregunta es: ¿hacia dónde?

El modelo vigente, estructurado en torno a la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez, ha mostrado límites profundos. Cuando el aula deja de ser un espacio de pensamiento crítico y se convierte en un espacio de alineamiento ideológico, la educación pierde su esencia. La escuela no puede ser un centro de condicionamiento político. Su misión es formar personas libres, competentes y capaces de crear.

Pero eliminar una ley no equivale automáticamente a mejorar el sistema. Cambiar el texto normativo sin transformar los principios que lo inspiran es apenas maquillaje institucional. Si el objetivo sigue siendo formar ciudadanos obedientes al poder de turno, ninguna reforma será verdadera.

Una reforma educativa seria debe partir de la libertad: curricular, pedagógica y de elección. No todos los contenidos pueden definirse de manera centralizada bajo una lógica uniforme y oficialista, porque la historia única y el programa único conducen a la mediocridad. La educación debe dialogar con el mercado laboral, la tecnología, las necesidades reales de la sociedad y la diversidad de proyectos de vida. En ese marco, la familia debe recuperar protagonismo: la educación no es propiedad del Estado y los padres deben poder elegir la formación de sus hijos sin ataduras rígidas ni estructuras capturadas por intereses ideológicos, fortaleciendo así a la verdadera comunidad educativa.

Las escuelas deben conectarse con el mundo y convertirse en puentes hacia la ciencia, la tecnología y la economía global, promoviendo competencias digitales, pensamiento crítico, dominio de idiomas y cultura emprendedora. Todo esto es inviable sin poner en el centro al maestro, columna vertebral del sistema, cuya formación debe ser exigente y permanente. Sin meritocracia docente no hay calidad educativa.

Hay una dimensión que casi nunca se discute: la coherencia entre modelo educativo y modelo de país. El éxito educativo no es sólo metodológico; está sostenido por instituciones que respetan la libertad económica, la seguridad jurídica y la innovación. El conocimiento florece donde hay reglas claras y oportunidades reales. De poco sirve formar ingenieros brillantes, científicos destacados o emprendedores creativos si luego se enfrentan a un entorno asfixiado por el intervencionismo, la discrecionalidad o el privilegio.

Antes de invertir 50 millones de dólares, habría que responder una pregunta básica: ¿qué país queremos construir? Si aspiramos a una sociedad productiva, abierta, innovadora y meritocrática, entonces sí necesitamos un modelo educativo radicalmente distinto, basado en libertad, competencia y excelencia. Pero si el horizonte sigue siendo un Estado centralizado que define contenidos, controla trayectorias y limita oportunidades, entonces quizá no estamos ante una reforma, sino ante la repetición de un ciclo.

Hay una dimensión que casi nunca se discute: la coherencia entre modelo educativo y modelo de país. El éxito educativo no es sólo metodológico; está sostenido por instituciones que respetan la libertad económica, la seguridad jurídica y la innovación. El conocimiento florece donde hay reglas claras y oportunidades reales.