Esta es la cuarta entrega de una serie de artículos referentes a China, país que afecta las políticas y el desempeño de nuestro país y al que sería tonto obviar.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt & Road Initiative), el megaproyecto estrella de China, vuelve a rugir. Tras años de dudas, críticas y la interrupción por la pandemia, Beijing ha reactivado su red global de inversiones como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Y lo está logrando. En un mundo sacudido por Donald Trump y por la incertidumbre económica, Xi Jinping ve en los países pobres y en desarrollo no un lastre, sino una oportunidad estratégica.
A finales de octubre del año pasado, Xi reunió a la élite del Partido Comunista y lanzó una advertencia: los próximos cinco años serán más difíciles para China, con riesgos crecientes y un entorno internacional hostil. Para Xi, el antídoto frente a la inestabilidad estadounidense consiste en construir un orden paralelo donde los países del sur global giren cada vez más cerca de la órbita china.
La BRI es la herramienta para lograrlo. Durante la pandemia, la iniciativa pareció apagarse. Algunos analistas incluso anunciaron su declive. Pero desde 2023 el proyecto no solo revive: se acelera. Los casi 130 países adheridos al programa vuelven a recibir puertos, trenes, autopistas y plantas energéticas financiadas por China. Lo que comenzó en 2013 con la promesa de impulsar el comercio —y asegurar grandes contratos para empresas chinas— enfrenta ahora una segunda vida, más estratégica y más ambiciosa.
La razón es simple: China necesita nuevos mercados. Las tensiones con EE.UU. han reducido drásticamente el peso del mercado estadounidense en las exportaciones chinas, que pasaron del 20% en 2018 a menos del 12% en 2024. El sur global está llenando ese vacío. Las ventas a los países del Sudeste Asiático crecieron 15%, al igual que en América Latina. Las exportaciones a África se dispararon un 57%. En 2024, el sur global absorbió el 44% de las exportaciones totales de China, más de la mitad de su superávit comercial.
Pero el verdadero pulso del proyecto se mide en inversiones. En 2023, la BRI movilizó cerca de US$100.000 millones y, en 2024, dio un salto considerable hasta US$122.000 millones. El aumento en solo los primeros seis meses de 2025 ha sido asombroso: superó los US$124.000 millones.
Aunque Xi intenta orientar la BRI hacia proyectos “pequeños pero atractivos” —salud, energía verde, telecomunicaciones—, la realidad es que los grandes acuerdos siguen dominando. En África, la mitad de los US$40.000 millones invertidos en 2025 corresponde a un solo proyecto: instalaciones petroleras y gasíferas en Nigeria. En Kazajistán, otros US$20.000 millones se destinan a cadenas de cobre y aluminio. Los combustibles fósiles continúan llevando la delantera.
Sin embargo, algo está cambiando: los proyectos verdes crecen con fuerza. La inversión en energía solar, eólica y plantas basadas en residuos alcanzó los US$11.100 millones en 2024, el año más verde en la historia de la iniciativa. En la primera mitad de 2025, otros US$8.900 millones se dirigieron a energía limpia no hidroeléctrica. Es el intento chino de renovar la imagen de la BRI y presentarla como un motor de transición energética para el mundo en desarrollo.
Para Xi, este impulso no es solo económico: es geopolítico. Desde 2013, la BRI ha canalizado más de US$1,3 billones (en nomenclatura estadounidense) hacia 150 países. Con ello, China ha ganado algo que el dinero no siempre compra: lealtad diplomática. Cerca de 70 países han adoptado declaraciones apoyando la posición china sobre Taiwán, incluida la posibilidad del uso de la fuerza. La BRI opera así como una red invisible que amplía la influencia china en organismos multilaterales.
Pero no todo son victorias. Muchos países están atrapados en déficits comerciales crecientes con China. Los temores proteccionistas aumentan en África y el Sudeste Asiático. Y los préstamos excesivos de la década pasada han dejado una huella peligrosa. Aun así, la mayoría de estos países tiene pocas alternativas. Las capacidades de ingeniería, financiación y construcción de China siguen siendo difíciles de igualar. Y Beijing lo sabe. Su apuesta es clara: que la interdependencia económica se convierta en influencia política y, finalmente, en un nuevo orden internacional.
En un mundo convulso por la política estadounidense, Xi Jinping considera que su oportunidad no está en Occidente, sino en los rincones olvidados del planeta. Eso sí, tampoco deja de extraer beneficios de una Europa que no quiere depender de EE.UU. Y la Franja y la Ruta es el vehículo con el que China intenta reescribir el mapa global.