En medicina existe un principio elemental: el de no maleficencia. Si un tratamiento no va a curar al paciente o, peor aún, si va a empeorar su condición, lo correcto es no aplicarlo. Prolongar artificialmente la agonía con prácticas heroicas cuando no hay salvación no es compasión: es crueldad, encarnizamiento, perversidad disfrazada de buena intención. Eso es exactamente lo que hoy hacen algunos gobiernos con Cuba. Dicen ser aliados, pero en realidad son malvados.
Mientras la isla atraviesa su peor crisis energética en años, países como México y Rusia envían barcos con alimentos o anuncian cargamentos de petróleo “en calidad de ayuda humanitaria” adosada con declaraciones solemnes y discursos sobre solidaridad. Pero la pregunta es simple: ¿esa ayuda salva al pueblo cubano o sostiene a la dictadura?
Enviar petróleo para que el régimen mantenga encendida la maquinaria del poder no libera a los cubanos, les prolonga la agonía. Permite que el aparato estatal siga funcionando, que la represión continúe, que el modelo agotado respire un tiempo más. Es como suministrar analgésicos a un paciente terminal sin tratar la enfermedad de fondo.
El discurso humanitario suena noble. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum habla de solidaridad con el pueblo cubano. El Kremlin estudia cómo ayudar y la ONU cuestiona el bloqueo energético. Todo eso puede ser debatible en términos jurídicos o diplomáticos, pero hay una verdad política que no puede maquillarse: toda ayuda estatal fortalece a la estructura que controla cada litro de combustible y cada kilo de arroz.
La ayuda no llega libremente a la sociedad civil. No empodera al ciudadano. No abre espacios de libertad. Alimenta al sistema que ha mantenido a los cubanos bajo un régimen que nunca funcionó, ni siquiera cuando tenía detrás el músculo económico soviético.
Eso es perversión ideológica: poner la política por encima del hambre, el poder por encima de la dignidad. Sostener una tiranía por nostalgia revolucionaria o cálculo geopolítico. Negarse a aceptar que el experimento fracasó.
Cuba vive hace más de seis décadas en una promesa incumplida. Generaciones enteras han crecido entre cartillas de racionamiento y discursos épicos. Millones han emigrado. Los que quedan sobreviven entre apagones y colas interminables. ¿Cuánto más debe prolongarse esa agonía?
Lo mejor que podría ocurrirle hoy al pueblo cubano no es un barco más con alimentos ni un cargamento más de petróleo. Es el fin del sistema que lo ha empobrecido. El estrangulamiento energético no es en sí mismo una solución, pero sí revela la fragilidad de un modelo que solo sobrevive con respiración asistida extranjera. Seguir enviando oxígeno a la dictadura no es solidaridad: es complicidad. Es encarnizamiento político.
La verdadera ayuda consiste en no intervenir para sostener lo insostenible. Dejar que el régimen caiga por su propio peso puede ser doloroso en el corto plazo, pero es la única posibilidad real de que, después de setenta años de espera, los cubanos vislumbren algo distinto a la supervivencia: la libertad.