“Pablo y Bernabé, después de haber evangelizado esta ciudad (Derbe) y haber hecho numerosos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios. En cada comunidad establecieron presbíteros y, con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en quien habían creído.” (Hechos de los Apóstoles 14, 21-23).
Aparte de “oración y ayuno”, los Hechos de los Apóstoles no indican mucho sobre el proceso de selección y formación de los presbíteros que pusieron a cargo de las nuevas comunidades de fe cristiana que iban formando en la Iglesia naciente. Presbítero traduce “anciano” o “mayor” y es más preciso que “sacerdote”, que solo abarca una parte de su tarea, ya que también son pastores, profetas, misioneros, catequistas, animadores, maestros y evangelizadores.
Hoy tenemos procesos rigurosos de selección y formación. En Bolivia, un candidato tarda aproximadamente diez años, después de su bachillerato, en llegar a ser ordenado sacerdote, con formación humana, espiritual, teológica y pastoral. Durante los años en que estuve encargado de la Pastoral Vocacional en la Arquidiócesis de Santa Cruz (1989-2001), solo uno de cada cinco de los que entraron al seminario llegó a recibir el Orden Sagrado. De esos, uno de cada cinco posteriormente abandonó el ministerio. En la Diócesis de San Ignacio de Velasco, el índice de abandono, fracaso o escándalo por diversos motivos ha sido mayor, aproximadamente el 50%.
Cuando tomé posesión de la Diócesis en 2017, contaba con 19 presbíteros propiamente diocesanos; ahora son 14. La edad promedio es de 52,7 años; si bien no son “ancianos”, varios tienen hipertensión, diabetes y otros problemas de salud. En nueve años solo he ordenado a dos nuevos sacerdotes; uno de ellos protagonizó un escándalo mayor con su pareja homosexual. Tenemos solo un seminarista. Esperábamos uno nuevo este año, pero al llegar la fecha para iniciar su formación, no apareció.
Según el Código de Derecho Canónico 515 § 1: “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco como su pastor propio”. Así era mi parroquia natal en los EE. UU., con unas 120 familias y un convento con cinco religiosas franciscanas para nuestra escuelita parroquial. El párroco residente contaba con una empleada doméstica con su propio apartamento.
Pero algunas parroquias de la Diócesis de San Ignacio tienen varios barrios urbanos, además de decenas de comunidades rurales a gran distancia de la sede parroquial. El sacerdote, viviendo a solas, tiene una misión casi imposible para atenderlo todo. No sorprende cuando nos enteramos de que lleva una doble vida con irregularidades en busca de consuelo.
Cuando tuve que suspender al presidente del clero y párroco de Santiago de Chiquitos, al saber de su mujer e hijo de cinco años, recibí una carta con varias páginas de firmas pidiendo reconsiderar mi decisión. Los feligreses, sin embargo, no ofrecieron mantener a su familia, ni siquiera al padrecito ni cubrir los gastos para atender las alejadas comunidades rurales que atiende.
Muchos ingenuamente piensan que todo se soluciona eliminando el celibato sacerdotal. Lo único que tendríamos serían nuevos escándalos de familias sacerdotales con violencia doméstica y divorcios, por las inevitables tensiones entre las exigencias pastorales y familiares. Lo que no captan es el porqué del celibato: significa que el Reino de Dios es más importante que cualquier otra consideración. Es lo que ha motivado el martirio de tantos santos en nuestra historia.
No pido el martirio a mis presbíteros ni a mis fieles. Pero, con cada vez menos presbíteros, es obvio que tenemos que buscar soluciones para cumplir nuestra misión evangelizadora y “consolar a los discípulos”. Por esto, acudo al siguiente consejo del Derecho Canónico 517 § 1:
“Cuando así lo exijan las circunstancias, la cura pastoral de una o más parroquias a la vez puede encomendarse solidariamente a varios sacerdotes, con tal que uno de ellos sea el director de la cura pastoral, que dirija la actividad conjunta y responda de ella ante el Obispo”.
Estoy pidiendo a mis presbíteros, en primer lugar, que al formar equipos sacerdotales se cuiden y se apoyen mutuamente. Segundo, que como equipos y hermanos procuren atender bien a todas las parroquias y comunidades a su cargo. Tercero, que además de atender las misas se dediquen a formar catequistas y líderes religiosos entre los laicos, para colaborarles en su misión.
Y a las comunidades que piden su propio sacerdote, les pido el favor de identificar a jóvenes idóneos para ser futuros sacerdotes y animarlos a entrar al seminario.
Dios te bendiga.