Enfoque Internacional

Un nuevo giro de América Latina

Enfoque Internacional | | 2026-02-12 00:01:57

Las nuevas políticas de las grandes potencias han provocado cambios que trascienden sus regiones de influencia. En la era digital, una decisión o declaración de un líder puede generar efectos inmediatos en cualquier país y en todos los ámbitos: económico, social y político. La interconexión global ha confirmado aquella idea de la “concatenación de causas y efectos” que Borges evocaba y que hoy se hace visible a diario.

Tras las reformas de Deng Xiaoping en China y la caída del Muro de Berlín, que selló la implosión de la Unión Soviética, pareció abrirse una etapa promisoria. Se creyó que la libertad política y la economía de mercado orientarían el rumbo de las naciones, superando las disputas ideológicas del siglo XX. Francis Fukuyama habló incluso del “fin de la historia”: no desaparecerían los acontecimientos, pero sí las grandes confrontaciones doctrinarias. La humanidad habría alcanzado un consenso básico sobre democracia liberal y progreso económico.

La realidad desmintió esa expectativa. En Rusia, el caos de las privatizaciones, el auge del nacionalismo y la inseguridad facilitaron el ascenso de un liderazgo fuerte que restauró la autocracia. En China, tras la muerte de Mao, se impulsó una modernización económica extraordinaria; sin embargo, bajo la actual conducción, el énfasis no está solo en el bienestar interno, sino en la proyección de poder militar y la expansión de su influencia global.

Esos vientos también alcanzaron a América Latina. A finales del siglo XX, casi todos los países contaban con gobiernos elegidos democráticamente, lo que permitió la aprobación de la Carta Democrática Interamericana en 2001. Pero, paralelamente, emergió un proceso regresivo liderado desde Venezuela por Hugo Chávez, en alianza con Cuba. Bajo el llamado “socialismo del siglo XXI”, se promovieron regímenes con liderazgos autoritarios, partidos dominantes y fuerte control estatal de la economía, sostenidos por prácticas populistas.

La muerte de Chávez en 2013 y la caída de los precios del petróleo entre 2014 y 2016 debilitaron ese eje. Varios gobiernos afines perdieron el poder mediante elecciones y se produjo un nuevo giro democrático. No obstante, en Venezuela las Fuerzas Armadas se convirtieron en pilar del régimen, ocupando espacios tradicionalmente civiles y quedando involucradas en denuncias de violaciones de derechos humanos y corrupción.

En los últimos años, China incrementó su presencia en la región sin mayor reacción de Washington: amplió el comercio con Brasil, México y Chile, invirtió en sectores estratégicos y construyó el puerto de Chancay en Perú, además de interesarse por instalaciones vinculadas al canal de Panamá. Rusia, por su parte, estrechó vínculos con Venezuela mediante cooperación estratégica y venta de armas. También crecieron la influencia de Irán —con presencia en Brasil y Venezuela— y el intercambio comercial con Turquía.

Entretanto, los movimientos agrupados en el Foro de São Paulo fueron perdiendo influencia. Muchos de los gobiernos que llegaron al poder por vía electoral no lograron mejoras sustanciales ni superar la corrupción que criticaban. Intentaron consolidar sistemas de partido dominante y control económico que desembocaron en crisis profundas. Varios de sus líderes quedaron cuestionados por enriquecimiento o por tolerar prácticas similares a las que denunciaban.

Al comenzar 2026, el mapa político regional difiere del de 2013. Paraguay, Perú, Ecuador, Argentina y Bolivia abandonaron el bloque “revolucionario”, y tras elecciones recientes también Honduras. Cuba y Nicaragua permanecen en esa órbita, con la cercanía de México, Brasil y Colombia. La democracia se mantiene consolidada en países como Costa Rica, Uruguay, Panamá, Chile, Guatemala y República Dominicana, mientras El Salvador deriva hacia la autocracia.

El hecho más impactante ha sido la captura y “extracción” de Nicolás Maduro y su esposa el 3 de enero de 2026, que puso fin al denominado “socialismo bolivariano”. Venezuela no fue ocupada formalmente, pero es dirigida de manera telemática desde Washington y por representantes designados, en un esquema que se asemeja a un protectorado. Aunque las instituciones democráticas aún no funcionan plenamente, se anunció un plan en tres fases: estabilización, recuperación y transición. Según encuestas, más del 90% de los venezolanos aspira al restablecimiento democrático y una mayoría expresó apoyo a la acción contra Maduro. Contra algunos pronósticos, la situación no desencadenó una conflagración regional.

América Latina, marcada por siglos de colonización y por la convivencia de culturas diversas, muestra una tendencia constante al cambio. Esa tensión histórica alimenta tanto su inestabilidad como su extraordinaria riqueza cultural y creatividad. El desafío consiste en canalizar esa energía hacia instituciones sólidas que potencien sus virtudes y contengan sus excesos. El nuevo giro regional confirma que la historia, lejos de haber terminado, sigue abierta y en movimiento.

Jesús Rondón Nucete - El Nacional, Caracas