«Cuando hice mi primera defensa, nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron»
(2 Tm 4,16).
Hace más de treinta años, Tom Hanks ganó el Óscar a Mejor Actor por su trabajo en Philadelphia (1993), protagonizando a un abogado injustamente despedido por ser un hombre gay con SIDA. Dos veces en la película cuentan un chiste-rompecabezas preguntando: «¿Cómo se llama a mil abogados encadenados juntos al fondo del mar?». La respuesta: «Un buen comienzo». De esta manera se sintetiza la molestia por la corrupción de los profesionales de la justicia. La redención llega antes del final, cuando le preguntan a su personaje en el juicio por qué se hizo abogado: «Porque de vez en cuando —no muy a menudo, pero sí de vez en cuando— tengo la oportunidad de ser partícipe de que se haga justicia. Y eso, de verdad, es una experiencia emocionante».
Quizás es lo que Jesús sintió aquel día cuando exclamó: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido» (Mt 11,25-26).
Lamentablemente, más común es la amarga experiencia contraria. Jesús lloró por Jerusalén al presentir su destrucción: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. Vendrán días desastrosos para ti» (Lc 19,42-43).
Como aquel abogado en Philadelphia, ciudad del amor fraternal, Jesús conoció poco después el beso de la traición. De esto parece estar hecha la justicia boliviana.
«Consejo de la Magistratura interviene a 35 jueces y activa 147 procesos disciplinarios», dijo un titular de El Día el 20 de enero. Quisiera saber quiénes son. ¿Por qué no han publicado la lista y los motivos? ¿Están incluidos aquel que malvadamente decretó el allanamiento de la residencia del Obispo Emérito de San Ignacio de Velasco en 2024, y la investigación de la Diócesis de San Ignacio de Velasco por supuesta «legitimación de ganancias ilícitas», mintiendo luego sobre el caso al Ministro de Justicia y a la Nunciatura Apostólica? ¡Ojalá!
Sabemos que aquel proceso nació como una venganza desde el municipio de San Miguel de Velasco por la ilegal urbanización, por parte del alcalde, de terrenos pertenecientes a las Hermanas Terciarias de San Francisco de Hall, litigio que fue juzgado a favor de las religiosas. El nuevo proceso habría colapsado como una casa de naipes si se hubiera investigado la veracidad de la denuncia inicial. Basta un juez y un fiscal corruptos y malvados para obligar a la Iglesia a gastar sus recursos en la defensa, como castigo por denunciar el incumplimiento de los juicios.
Falsamente acusados, podemos decir con San Pablo: «Pero el Señor estuvo a mi lado, dándome fuerzas» (2 Tm 4,17).
Si así tratan a instancias de la Iglesia Católica, ¿cómo será la experiencia de los demás?
Debe ser un gran desafío investigar a semejante cantidad de jueces. ¿Habrá fiscales y jueces no corruptos para investigar y juzgar a estos?
Aunque, siendo discípulos de Jesucristo, creemos en el perdón, esto no equivale a la impunidad.
Es hora de quitar las vendas de la justicia boliviana y apartar a todos sus operadores corruptos, aunque sea necesario reconstruirla con jóvenes recién graduados de las universidades. Quizás sería bueno conformar tribunales compuestos por personas que han sufrido «prisión preventiva» por más tiempo del que hubieran debido cumplir según sus sentencias, para juzgar a jueces y fiscales acusados de corrupción.
Jesús explicó en el Sermón de la Montaña: «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21).
Seguramente hay jueces y fiscales a quienes el Señor dirá: «Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal» (Mt 7,23).
¡Hagamos, pues, el bien!
Dios te bendiga.