En un mundo real, en el que los deseos y necesidades de los ciudadanos son infinitos, pero las disponibilidades reales son limitadas, la función principal del individuo se llama PRIORIZACIÓN, tanto en oportunidades como en gasto. Una familia que tiene menores ingresos, racionalmente reaccionará reduciendo su gasto o consumo para equilibrar sus finanzas familiares, salvo que quiera usar sus ahorros o endeudarse. Tiene la libertad de tomar una decisión con la cual deberá vivir las consecuencias si estuvo errada, en especial si el endeudamiento es solo para mantener su estatus económico y no para obtener recursos frescos destinados a algún emprendimiento que le genere un nuevo ingreso económico.
Lo referido anteriormente aplica casi de igual forma para el Estado, creado para generarnos bienestar a los ciudadanos y que jamás PRIORIZÓ. Digo casi, porque, a diferencia de una familia, el Estado tiene facultades para imprimir más moneda nacional y pagar con ese nuevo circulante impreso sus compromisos adquiridos, que principalmente han sido para cubrir gastos corrientes (más sueldos de militantes y más gasto superfluo). También ha gastado en nuevos “emprendimientos”, o en más de 60 empresas, casi todas ellas muy mal concebidas y evaluadas, lo cual empeora la situación del Estado.
Es decir, el Estado no actuó con la lógica de una familia, que, si ya está suficientemente endeudada, sabe que deberá pagar cada vez mayores montos para amortizar capital e intereses de deuda, tanto interna —en bolivianos, a AFP/Gestora y al público en general— como externa, pagadera en dólares u otras monedas. Al no reducir radicalmente sus gastos durante estos 20 años, como lo haría una familia, el Estado continuó aumentando el gasto con más empresas públicas. Dicha situación, penosamente, aún continúa hoy, pese a haber disminuido el gasto por subvención. El endeudamiento externo e interno sigue siendo actualmente la principal válvula de escape para sobrevivir, quebrantando pronto las finanzas públicas si no se toman otras medidas.
Recordemos que en el año 2000 sufrimos escasez de divisas; por ello, se nos otorgó un perdonazo mundial de la deuda externa de Bolivia, mediante un Diálogo Nacional auspiciado por la Iglesia Católica (en el cual participé en todas sus etapas), lográndose la eliminación de la deuda acumulada con países e instituciones. Desde el año 2006, gradualmente el MAS empezó a endeudar nuevamente al país, hasta llegar aceleradamente a niveles alarmantes, con puro gasto y escasa inversión productiva; en pocas palabras, nada que permita mayores ingresos económicos, como en el ejemplo de la familia.
Como consecuencia de este accionar tenemos ahora más deuda externa desembolsada y más ingresos de dólares, ocasionando que el dólar en el mercado baje aún más (casi por debajo de Bs 9 por dólar), lo cual hace que sea más barato importar que producir en el país, peor aún con un salario mínimo de Bs 3.300, lo que incrementa los costos de producción y vuelve menos competitivas a las empresas. Estas se debaten entre trasladar dicho aumento de costos al consumidor —ocasionando menores ventas y mayor inflación— o absorberlos sin aumentar precios, reduciendo sus márgenes a niveles de pérdida o punto de equilibrio, perdiendo así la capacidad de reinvertir para producir más. Esto afecta la oferta agregada del país y, a la larga, genera un aumento del IPC.
Al bajar el dólar, la inflación de lo importado también disminuye, como sucedió durante los anteriores 20 años, permitiendo productos e insumos más baratos en desmedro de los nacionales, que actualmente tienen costos elevados. En 2024 apenas se exportaron $9.000 millones, lo que nuevamente causó escasez. Ya vivimos escasez de casi todo en 2025 (excepto del nocivo narcotráfico, que se expandió), abusando de la cosmética y lo artificial en las estadísticas, que señalaban que vivíamos en Suiza. El subsidio a los combustibles, a la harina de trigo y otros productos, así como el control de precios de casi todos los bienes (carnes, arroz, etc.), generaron en el ciudadano la sensación de precios bajos, pero estos eran escasos o inexistentes: vivimos una fantasía inducida.
Pagamos un alto precio por ese empobrecimiento, con colas y ESCASEZ generalizada, terminando con un Estado virtualmente quebrado. La ESCASEZ, y por lo tanto la inflación real, ha sido ocasionada por el déficit fiscal producto del dispendioso gasto público excesivo, la falta de incentivos y seguridad jurídica para la inversión privada —que debería producir más y mejor y generar empleo estable—, un dólar rezagado y artificialmente barato que incentivó las importaciones, y finalmente el pago y servicio de la deuda externa, que drenó divisas y elevó los precios. Me he referido a acciones y reacciones que no queremos repetir.
Lo que debería hacerse, más bien, es buscar un equilibrio en el valor del dólar, con un tipo de cambio flotante y sucio, que permita el ingreso de más dólares producto de las exportaciones bolivianas y no por la vía de contraer más deuda externa; es decir, generar dólares orgánicos y no artificiales. Ello evitará que un dólar nuevamente barato incentive las importaciones y drene nuestras Reservas Internacionales Netas (RIN), ya que el endeudamiento será cada vez mayor y más oneroso en divisas. Repetiríamos, de lo contrario, los errores recientes.
Tenemos que producir más para el mercado interno y para la exportación, permitiendo con ello menos escasez, mayor oferta de bienes y servicios, menor inflación y mucha más inversión privada nacional e internacional, generando un círculo virtuoso. Bolivia necesita producir y exportar más, no menos.
Babson ’82, ex catedrático universitario