Un reciente informe periodístico indica que Daniel Ortega busca negociar su salida ante el temor de una captura al estilo de Nicolás Maduro. Las “barbas” del dictador nicaragüense están en juego: su seguridad personal y la continuidad de su familia en el poder. No se trata de un rumor infundado, sino de señales claras de gestiones con Estados Unidos, lideradas por su canciller Denis Moncada, para abrir canales de comunicación con la Casa Blanca. Ortega pretende blindarse frente a una eventual operación militar y asegura su supervivencia política a cambio de aparentes concesiones: diálogo con opositores controlados, posibles retornos de exiliados y reversión parcial de confiscaciones. Sin embargo, son indicios, no acuerdos firmados. La historia reciente muestra que estos movimientos buscan ganar tiempo y preservar privilegios, más que un cambio genuino. Mientras Ortega juega con sus barbas, Nicaragua sigue atrapada en un régimen que teme a su propia sombra, incapaz de garantizar justicia ni estabilidad.