Marcelo Claure vuelve a demostrar que su necesidad de figurar supera con creces su capacidad de reflexión política. Su tuit sobre Andrónico —“tengo mucha fe”— no fue un desliz, sino otro episodio del vedetismo digital que lo caracteriza: opina, corrige, se victimiza y pretende dar lecciones desde la distancia, como si el país fuera un tablero de juego más. Claure no es un actor político, sino un niño rico que se aburre y juega a ser influyente, sin entender que sus palabras tienen consecuencias. Su aclaración posterior, extensa y cargada de contradicciones, no hace más que confirmar su torpeza: primero alaba, luego se desdice y al final culpa al contexto por “malentendidos”. No se puede tomar en serio a quien improvisa desde la comodidad del extranjero y juega a ser el gran elector sin asumir ningún costo. Su afán de protagonismo solo contribuye al ruido, no a la solución de nada. Claure debería entender que no basta con tener plata y seguidores para incidir en el destino de un país. Sus intervenciones, lejos de ayudar, evidencian que le queda grande el traje de gran insider que él mismo se atribuye.