No es el fin del mundo, pero parece que sí el fin de una época. Al final de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU., Rusia e Inglaterra se repartieron el mundo. El sistema internacional que se construyó tras la Guerra Fría —ese entramado de leyes, instituciones y discursos solemnes sobre cooperación— se está desmoronando a plena luz del día. Con el resurgimiento del islamismo, la migración hacia Occidente y la catástrofe de septiembre de 2001, la reacción de EE. UU. y de Occidente fue contundente, e incluso arbitraria en algunos casos. Esta manera de enfocar los desafíos globales fue percibida por el resto del mundo como una forma de hipocresía, ya que el cumplimiento de las normas internacionales no siempre era equitativo, percepción que terminó de consolidarse durante la pandemia. China es ahora el segundo país más poderoso del planeta y durante años apenas se la tomaba en cuenta. Ucrania, Gaza, Venezuela, Groenlandia o Taiwán no son anomalías: son síntomas. El mensaje es brutalmente claro: cuando los poderosos deciden actuar, el derecho internacional estorba más de lo que protege. ¿Hemos retrocedido más de cien años, a un mundo caótico e impredecible como el que antecedió a la Primera Guerra Mundial?
Durante años se creyó que las normas multilaterales eran universales y funcionaban de manera neutral. Hoy resulta evidente que operaban mientras coincidían con los intereses del núcleo del poder global. Cuando dejaron de hacerlo, se volvieron opcionales. El mundo ya no se organiza en torno a reglas compartidas, sino en función de correlaciones de fuerza. Desde esta perspectiva, Rusia y China aparecen como ganadores estratégicos, pues llevan décadas intentando modificar el orden internacional y hoy ven cómo ese objetivo se materializa. Rusia observa cómo la OTAN se fragmenta y se distrae, mientras China avanza en su estrategia de desacoplar económicamente a Europa de Estados Unidos.
Esta dinámica no era inevitable, pero sí previsible. En 2008, Fareed Zakaria advirtió en The Post-American World que el ascenso de China era imparable y que intentar contenerlo sería un error. Propuso que Estados Unidos aceptara esa realidad, fortaleciera una alianza democrática con India y reforzara sus vínculos con Occidente. También anticipó que India podría convertirse en una potencia comparable a China. Sin embargo, Estados Unidos no supo gestionar su declive relativo y hoy responde con una mezcla de ofuscación y miopía estratégica.
Lo que presenciamos actualmente es el retorno descarnado del derecho del más fuerte, una lógica que se creía superada. Las grandes potencias no se limitan a violar el derecho internacional: lo reemplazan. Construyen su propia legalidad, redefinen territorios, imponen sanciones y controlan rutas marítimas, cables submarinos y cadenas de suministro. El poder ya no está limitado por la ley; es el poder el que produce la ley.
En este contexto, el primer ministro canadiense, Mark Carney, ha utilizado el concepto de “geometría variable” para describir el nuevo escenario global. En términos simples, el multilateralismo clásico ha sido sustituido por alianzas pragmáticas, temporales y funcionales: clubes selectivos que actúan con rapidez y sin consenso universal. Coaliciones ad hoc en Ucrania, pactos europeos de defensa y acuerdos sobre minerales críticos o tecnologías estratégicas se convierten en los nuevos pilares del sistema internacional.
Parece que la novedad no es solo geopolítica, sino abiertamente imperial. EE. UU. y China compiten por zonas de influencia, acompañados por potencias regionales que buscan expandir o recuperar espacios perdidos. A diferencia del siglo XX, la disputa ya no se limita a territorios físicos: incluye el ciberespacio, el espacio exterior, los datos, las normas tecnológicas y las cadenas globales de valor. En este escenario, las grandes empresas tecnológicas operan como verdaderos brazos imperiales, controlando infraestructuras críticas y dictando estándares con respaldo estatal.
Europa, mientras tanto, descubre que su antigua comodidad se ha vuelto una vulnerabilidad. Tras décadas bajo el paraguas de EE. UU., oscila entre despertar estratégicamente o resignarse a un rol secundario. Aspira a la autonomía, pero carece de la cohesión política necesaria. Defiende el derecho internacional en un mundo donde ese derecho se incumple sin consecuencias.
En el Foro Económico Mundial que estos días se lleva a cabo en Davos, Carney fue contundente: “Occidente vivió demasiado tiempo en una mentira conveniente, beneficiándose de un sistema desigual y mirando hacia otro lado cuando los fuertes violaban las reglas”. Hoy, advierte, apaciguar al poderoso es un error histórico. El nuevo orden no será armónico ni moral; será competitivo, fragmentado e injusto. La pregunta no es si podemos volver atrás —porque no podemos—, sino si seremos capaces de construir reglas mínimas en un mundo de imperios. De lo contrario, lo que nos espera no es un nuevo orden, sino una versión tecnológica de la vieja jungla.
Por otro lado, la resurrección de la Doctrina Monroe (América para los americanos), rebautizada informalmente como “Doctrina Donroe”, anticipa un mundo de esferas de influencia regionales: EE. UU. en América, China en Asia oriental y Rusia intentando recomponer su dominio sobre Europa del Este. Un mundo menos previsible, más crudo y profundamente desafiante. ¿Podrán Bolivia y otros países pequeños y medianos acomodarse a una “geometría variable” con potencias mayores —como China y Rusia— sin salirse del marco de la Doctrina Donroe?