"El que trabaja merece su salario" (Lc 10,7)
En mis primeros meses en Bolivia, todavía aprendiendo el castellano local, fui citado para atender a un moribundo y darle los Santos Óleos. Al llegar, me encontré con un hombre que, a pesar de estar en los últimos días de su vida, parecía ser bastante robusto. “Quiero obrar”, decía.
—¿Cómo puede ponerse a trabajar? —pregunté—. Está muriendo.
No me habían explicado este modismo en el Instituto de Idiomas. Con paciencia, los familiares me explicaron lo que quiso decir. Terminadas, con todo el cariño familiar posible, sus necesidades biológicas, procedimos a realizar los ritos espirituales. Uno o dos días después, realizamos las exequias, con la dignidad correspondiente.
El episodio me viene a la mente por los conflictos con la Central Obrera Boliviana. Habiendo optado por la violencia, aunque parece todavía robusta, está en los últimos, y nos dice: “Quiero obrar”, porque da la impresión de que no quieren trabajar, solo bloquear.
La Iglesia tiene una larga historia de defensa de los trabajadores, empezando con la Carta de Santiago, quien acusa a los ricos: “Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo” (5,4). Leo XIII y Juan Pablo II escribieron en sus Encíclicas (Rerum Novarum, Laborem Exercens) sobre el derecho de los obreros a organizarse, y la Iglesia Católica tradicionalmente ha tomado el lado de los obreros en los conflictos, pero siempre condenando como solución al socialismo y al comunismo, y, por supuesto, a la violencia.
“No muerdas la mano que te alimenta” expresa en forma popular esa sabiduría. El obrero necesita a un empleador justo y exitoso, y el empleador a obreros leales y eficientes. Hemos tenido 20 años de gobiernos que permitieron a los obreros morder la mano de los empresarios, quienes fueron marginados de las negociaciones salariales anuales. Quien no debería haber participado fue el gobierno. Ahora, al mostrar sus dientes y obrar en vez de trabajar, el gobierno cedió ante la COB, cuando lo que debía hacer era ponerles collar y correa, hasta que dejen de portarse de forma salvaje. Quizás lo que hace falta a la COB es cristiana sepultura para que pueda renacer una nueva organización de trabajadores, con personas formadas en valores humanos y cristianos.
Allí tenemos nuestro trabajo en la Iglesia: evangelizar tanto a la clase trabajadora como a la clase empresarial; también evangelizar la política y el ejercicio del poder. Así fue el sueño de Jesús cuando dijo: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6,33; Lc 12,31).
Cuando Jesús dijo que el trabajador merece su sueldo, el trabajo era eso: anunciar el Reino de Dios. “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Lc 10,2). Hace falta que esto reine en la COB y en todas nuestras empresas. Quiero trabajar. ¿No quieres colaborar?
Dios te bendiga.