Cosas que pasan. Pero no porque “así sea Bolivia”, sino porque en Bolivia hay una costumbre peligrosa: dejar pasar. Dejar pasar antecedentes, dejar pasar trayectorias, dejar pasar señales evidentes. Después nos sorprendemos. Fingimos estupor. Pero la verdad es más incómoda: todo esto ya lo vimos antes.
Johnny Fernández volvió a la Alcaldía en 2021 gracias a ese mecanismo. No era un desconocido ni una figura nueva. Fue alcalde entre 1995 y 2002, protagonista de una gestión marcada por denuncias, escándalos, deterioro urbano y una figura pública siempre asociada al exceso y a la informalidad moral. Nada de eso estaba oculto. Todo era sabido. Pero se lo dejó pasar. Durante años fue el concejal solitario, casi folclórico, persistente, haciendo trabajo de goteo, esperando su momento.
Ese mismo libreto lo está siguiendo hoy Angélica Sosa, acompañada por un fenómeno todavía más sintomático: Mayté Flores, una figura que no surge del mérito público, del pensamiento, de la gestión ni del servicio, sino de la exposición constante. Entrevistada, invitada, amplificada, convertida en influencer política sin haber demostrado nada en el plano institucional. ¿Quién es el mejor escritor de Bolivia o el científico más destacado? Nadie sabe. ¿Quién es Mayté Flores? Todo el país. Eso no es casualidad: es el resultado de haber dejado pasar la banalización de lo público.
Mayté Flores es el síntoma de una sociedad que confunde visibilidad con valor, polémica con liderazgo y provocación con coraje. Se la critica, se la ridiculiza, se la convierte en meme. Pero se la sigue mostrando. Y mientras tanto, ella avanza. Porque entendió algo esencial del sistema político boliviano: aquí la burla no mata, desgasta al que mira, no al que insiste.
Lo mismo ocurrió con Evo Morales. Se dejó pasar la narrativa, la construcción del personaje, se dejó pasar la contradicción entre el discurso y los hechos. Durante años, muchos “sabían”, muchos “comentaban”, muchos “susurraban” sobre sus vínculos con el narcotráfico. Pero nadie cortó el proceso. Al contrario, se lo alimentó con subestimación. Evo no llegó por sorpresa: llegó porque se le abonó el terreno durante años.
Hoy ese trabajo lo hace Edman Lara. Un personaje cuestionado, polémico, proveniente de una de las instituciones más desprestigiadas del país. Se lo critica, se lo ridiculiza, se lo expone como torpe, se lo caricaturiza. Y él persiste. Porque sabe que en Bolivia la memoria es corta y la indulgencia es larga. Sabe que en algún momento aflora lo peor: el voto emocional, el enojo sin reflexión, la estupidez colectiva que aparece cuando el cansancio le gana al pensamiento.
Cosas que pasan, sí, pero pasan porque las dejamos pasar. Porque preferimos reírnos antes que frenar, confundimos crítica con responsabilidad y creemos que burlarse es suficiente. Después no digamos que fue una sorpresa. Bolivia ya demostró que puede elegir cualquier cosa. Y lo hace, casi siempre, cuando deja de pensar.
Hoy ese trabajo lo hace Edman Lara. Un personaje cuestionado, polémico, proveniente de una de las instituciones más desprestigiadas del país. Se lo critica, se lo ridiculiza, se lo expone como torpe, se lo caricaturiza. Y él persiste. Porque sabe que en Bolivia la memoria es corta y la indulgencia es larga.