Habían pasado dos años de la Revolución Cubana, cuando en 1961, el cortometraje "PM" (Pasado Meridiano), dirigido por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, cometió el "pecado" de capturar la verdad de una noche habanera. Eran apenas trece minutos de cine directo que mostraban a cubanos humildes, negros y mulatos, bailando, bebiendo y riendo en los bares populares. No había consignas, no había uniformes, ni rastro de la "solemnidad revolucionaria".
El régimen de Fidel Castro confiscó y prohibió la película porque esa alegría espontánea contradecía su narrativa. El comunismo necesitaba mostrar a un pueblo sufriente y sacrificado, que encontraba su única redención en el fusil y el arado. Así justificaba el control y obviamente impedía que el mundo viera que el cubano ya era libre y feliz en su propia cultura, sin pedir permiso al Estado. Así, con la censura de una simple película, comenzó la noche más larga de la cultura y por extensión de la realidad cubana.
La censura de "PM" fue el disparo de salida para la institucionalización de la censura absoluta. Fue entonces cuando se pronunció la sentencia de muerte para la libertad creativa, con una frase extraída del libreto fascita: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". Desde ese momento, Cuba dejó de ser la fábrica de ritmos del mundo para convertirse en un cuartel ideológico.
La destrucción de la música cubana es quizás uno de los crímenes culturales más grandes del siglo XX. El castrismo, en su afán de purismo ideológico, desmanteló el "Star System" que había puesto a la isla en el centro del mapa mundial. Al cerrar los clubes, confiscar las discográficas y prohibir a leyendas como Celia Cruz y Olga Guillot, el régimen amputó el alma de la nación. En su lugar, se impuso una Nueva Trova institucionalizada; una música de autor, intelectualizada y sobria, que reemplazó el sudor del baile por la rigidez del lema político. Se le robó al pueblo su ritmo natural para imponer una banda sonora estatal, gris e insípida.
Pero la devastación no fue solo sonora; fue una demolición material, moral y espiritual. La Habana, que alguna vez fue la joya vibrante del Caribe, se fue desmoronando en un paisaje de ruinas y escombros, víctima de un sistema que desprecia la propiedad y la estética.
El comunismo en Cuba no solo falló en lo económico; tuvo éxito en algo mucho más siniestro: la fragmentación de la familia y el exilio del talento. Lo que queda es una isla que tendrá que reconstruirse desde sus cimientos. No será suficiente con pintar las fachadas o arreglar las carreteras. La verdadera reconstrucción será devolverle al cubano la capacidad de crear sin miedo, de bailar sin consignas y de recuperar ese brillo en la mirada que "PM" registró por última vez antes de que bajaran las cortinas del totalitarismo. La Revolución no liberó al pueblo; le robó su derecho a la alegría, y recuperar ese ritmo perdido será la tarea más ardua de las generaciones venideras.
Cuba es un país que tendrá que reconstruirlo todo. No será suficiente con levantar los edificios derrumbados o restaurar el color de las fachadas. La verdadera reconstrucción será espiritual. La Revolución trajo el despojo del derecho a la alegría. Recuperar el alma de la nación, su música sin censura y su brillo perdido, será la tarea más ardua de las generaciones que decidan que el silencio ya no es una opción.