El gobierno boliviano insiste en recorrer
un camino ya transitado —y fracasado— por innumerables regímenes socialistas.
Bajo el rótulo amable de “precios referenciales”, se pretende vender
como transparencia lo que en realidad es un control de precios disimulado, el
mismo que en otros países se llamó “precios cuidados”, “precios
justos” o “acuerdos solidarios”. Los precios no se corrigen por
decreto ni por publicación oficial, sino por oferta, demanda y competencia
real. Cuando el Estado fija un “precio de referencia”, en la práctica envía una
señal coercitiva al mercado. El comerciante sabe que apartarse de ese número lo
expone a sanciones, estigmatización o fiscalización selectiva. El resultado no
es estabilidad, sino desabastecimiento, informalidad y mercados paralelos. El
gobierno confunde deliberadamente causa y efecto. La inflación no nace en los
puestos de venta, sino en la expansión monetaria, la pérdida de confianza y la
escasez provocada por políticas erradas. Culpar al comerciante es políticamente
cómodo, pero económicamente falso.