La caída de Nicolas Maduro produjo, a escala global, muchísimas reacciones de alegría, alivio y esperanza. Mas que un hecho político, fue un acontecimiento simbólico.
Para millones de venezolanos dentro y fuera de su país, y la comunidad democrática del mundo, significó aquella añorada esperanza: el fin de una de las dictaduras másprolongadas y destructivas en América Latina. Con delitos de lesa humanidad, fue una brutal dictadura.
Las reacciones frente a la intervención militar de Estados Unidos, para la aprehensión de Maduro -debemos llamarlo así-, fueron diversas. No nos interesa en este espacio,desde el derecho y la política internacional, defender o criticar, alguna postura en especial. Nos referiremos concretamente a las reacciones que tuvieron los mal llamados “izquierdistas”. El entrecomillado del título hace notar, precisamente, la duda de sí son genuinamente de izquierda o utilizan el discurso de equidad, justicia y “del pueblo”, para engañar a la gente.
Estos impostores de izquierda, frente a la caza de Maduro, reaccionaron de un modo profundamente revelador: descalificante y totalitario. Además, como poseedores de una moral intachable. Vean ustedes la ironía.
A priori, la reacción fue descalificante. Es curioso que sus criticas no se dirigieran tanto contra Donald Trump o contra Estados Unidos -como cabría en un discurso antimperialista clásico-, sino contra las expresiones de celebración y alegría popular. Contra quienes, luego de años de opresión, se atrevían a sentir esperanza.
Para estos ex “intelectuales orgánicos”, alegrarse por la salida de Maduro, no solo es una muestra de ignorancia, primitivismo político y alienación, sino un pecado. Vean la mentalidad medieval y totalitaria. Diosdado Cabello y Daniel Ortega, seguramente han leído esos pensamientos, para sancionar, mediante leyes expresas, cualquier muestrade júbilo por la captura de Maduro.
Desde sus redes sociales repartieron certificados de conciencia crítica. Como receta, sugirieron a quienes celebraban, “salir de la ignorancia” y leer la doctrina Monroe”, para comprender, como ellos, el verdadero significado del imperialismo yanqui.
La arrogancia pedagógica fue tan obscena como reveladora. No hubo un mínimo de empatía con el sufrimiento del pueblo venezolano; hubo desprecio. Esa “superioridad moral” ofusco, como siempre, la lectura objetiva de la realidad política.
La ignorancia, sin embargo, no está en quienes celebran el fin de una dictadura. Está en quienes fingen que no existió. Ignoran -quizá deliberadamente- que se trató de una ferozdictadura, sostenida durante muchos años mediate la represión, la persecución política, el encarcelamiento de opositores y el control absoluto de los poderes del Estado. Ignoran que el manejo económico y la corrupción, del infame régimen chavista, condujo a ese país al colapso económico y al éxodo de millones de ciudadanos. Negar eso, no es un error teórico: es una claudicación moral.
Estos falsos izquierdistas no se equivocan; mienten. O, peor aún, eligen no ver. Utilizan categorías del siglo XIX para justificar crímenes del siglo XXI. Confunden antimperialismo con complicidad autoritaria. En nombre de esa supuesta lucha contra Estados Unidos, terminan defendiendo regímenes genocidas, empobrecedores y criminales. El discurso no es crítico: es apologético.
Las reacciones frente a la caída de Maduro, puso de manifiesto en esta falsa izquierda, una constante: la doble moral. Dicen ser de izquierda, pero en su médula son de derecha. De día se proclaman socialistas; de noche viven como burgueses. Critican al imperio, pero consumen y exhiben sin rubor sus principales marcas. Predican sobriedad y austeridad, mientras disfrutan de privilegios obscenos con recursos públicos.
En estos sujetos, la doble moral no es un accidente; es su identidad política. Con discursos emancipadores justifican el autoritarismo. Con retorica revolucionaria encubren la corrupción, la represión y el saqueo.
En Bolivia, estos falsos izquierdistas tuvieron nombre y apellido durante el llamado “proceso de cambio”: los “intelectuales transgénicos” del régimen masista. Vendieron sus plumas y su supuesta conciencia crítica, por miserables canonjías. Justificaron la persecución judicial, el control institucional y la corrupción. Callaron frente a los abusos y aplaudieron la concentración de poder.
Hoy, fuera del poder, exhiben su verdadero rostro. Lejos de una autocrítica, reaccionan con odio. No toleran la caída de los lideres que defendieron. No soportan que la historia los desmienta. Por eso, frente a la salida de Maduro, no sienten vergüenza ni compasión; sienten rabia.
En el fondo, estas reacciones no hablan de Trump, ni de Estado Unidos, ni siquiera de Maduro. Hablan de ellos. De su ruina moral e impostura ideológica. De su incapacidad para reconocer el sufrimiento ajeno cuando no encaja en sus esquemas doctrinarios.
Estos falsos izquierdistas, que lincharon en las redes a quienes se atrevieron celebrar la caída de Maduro, hapuesto de manifiesto sus miserias, demostrando ser másapestosos que el propio dictador que defienden y que el mimo Trump al que dicen combatir.
*El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón