La pobreza no es una consecuencia inevitable del capitalismo, sino del tipo de enseñanza que imparten los políticos. Ellos son los docentes más influyentes: educan a las masas no para crear, producir o aportar, sino para pedir. Se le enseña al pobre que es víctima, que el mundo le debe algo, que el Estado debe compensarlo por todo y que exigir es un derecho ilimitado. Esa pedagogía de la demanda perpetua genera dependencia y estanca a las sociedades. El político necesita una masa que pida para poder prometer. Su poder se sostiene en la expectativa de dar mañana lo que hoy administra mal. El capitalista —el empresario— enseña otra lógica: la de dar. Dar mejores productos, mejores servicios, innovación, soluciones. Piensa en cómo aportar valor, no en cómo reclamarlo. Los países que prosperan son aquellos donde predomina la cultura de crear y ofrecer. Donde triunfa la docencia política del pedir, florecen la pobreza y la frustración, como ocurre en gran parte de África y América Latina. El verdadero problema no es el capital, sino la lección equivocada.