Las recientes declaraciones de Donald Trump, afirmando que Cuba “está a punto de caer” y que no sería necesaria ninguna acción directa como la aplicada en Venezuela, no son una bravuconada retórica. La captura de Nicolás Maduro y el colapso definitivo del subsidio petrolero venezolano han dejado a la dictadura cubana en una situación límite. Por primera vez en décadas, el régimen enfrenta su realidad sin intermediarios ni padrinos.
La caída de Maduro no solo elimina su principal fuente de energía subsidiada, sino que expone el rol estructural de Cuba como parásito político de los procesos autoritarios latinoamericanos. Maduro no es solo un dictador derrotado: es la última gran apuesta externa del castrismo que salió mal.
La historia explica este presente. Tras la caída de la Unión Soviética, Fidel Castro debió abrir parcialmente la economía para evitar el colapso total. Empresas mixtas, turismo controlado y circulación del dólar fueron concesiones forzadas, no reformas genuinas. Cuba nunca fue autosustentable. Perdido el subsidio soviético, la isla quedó al borde del abismo. Pero en 1998 ocurrió el milagro político que la salvó: Venezuela, una democracia con las mayores reservas petroleras del mundo, eligió a un discípulo de Castro. Hugo Chávez fue el nuevo patrocinador perfecto.
Desde entonces, Cuba volvió a cerrar lo poco que había abierto. Ya no necesitaba disimular. El petróleo venezolano, a cambio de médicos, inteligencia y control político, sostuvo artificialmente a la isla durante dos décadas. La presencia cubana en el chavismo fue un secreto a voces, negado oficialmente pero confirmado en los hechos. Las recientes bajas cubanas durante la captura de Maduro terminaron de derrumbar la farsa: Cuba no asesoraba, cogobernaba.
Ese rol no empezó en Venezuela. Cuba ya había intervenido en Chile durante el gobierno de Allende y lo hizo en cada país donde encontró espacio. Mientras se habla de injerencia estadounidense, se omite que La Habana operó sin disimulo, apostando electoralmente, infiltrando estructuras de poder y exportando su modelo de control. La diferencia hoy es que Estados Unidos volvió a mirar la región con atención, y eso cambia todas las ecuaciones.
Con Chávez muerto, Cuba eligió a Maduro no por brillante, sino por dócil. Un títere manejable era preferible a un dirigente con ambiciones propias. Hoy, mientras figuras del chavismo negocian su futuro, el régimen cubano entra en pánico. Díaz-Canel sabe que esta vez la crisis es peor que en 1989. No solo se queda sin subsidio: también queda expuesto.
Por eso Cuba debe caer sola. No debe ser intervenida ni rescatada. Si se la toca, el castrismo revivirá el mito del socialismo derrotado por el enemigo externo. Si se la deja caer, la historia hablará sin interferencias. Quedará claro que el modelo nunca funcionó, que dependió siempre del dinero ajeno y que, sin padrinos, se consume a sí mismo. No tocar a Cuba no es crueldad. Es permitir que el fracaso quede registrado sin excusas, para que nunca más vuelva a presentarse como una alternativa.
Cuba debe caer sola. No debe ser intervenida ni rescatada. Si se la toca, el castrismo revivirá el mito del socialismo derrotado por el enemigo externo. Si se la deja caer, la historia hablará sin interferencias. Quedará claro que el modelo nunca funcionó, que dependió siempre del dinero ajeno y que, sin padrinos, se consume a sí mismo.