Editorial

Expectativas exageradas

El inicio del año encuentra a muchos ciudadanos depositando grandes expectativas en el gobierno de Rodrigo Paz. Se espera que traiga estabilidad, que ordene el país...

Editorial | | 2026-01-04 00:02:00

El inicio del año encuentra a muchos ciudadanos depositando grandes expectativas en el gobierno de Rodrigo Paz. Se espera que traiga estabilidad, que ordene el país, que reduzca la incertidumbre y que, en lo posible, devuelva una sensación de seguridad perdida. No pocos confían en que el nuevo ciclo político sea capaz de ofrecer certezas claras frente a un contexto económico, social y político percibido como frágil y desordenado.

Esa expectativa es comprensible, pero también revela una confusión profunda sobre el rol real de un gobierno. La política contemporánea ha alimentado la idea de que gobernar consiste en ofrecer certezas: certeza de bienestar, certeza de protección, certeza de estabilidad. Sin embargo, ese lenguaje no pertenece a la libertad, sino al autoritarismo. La certeza absoluta es una promesa clásica del poder que busca obediencia, no ciudadanía.

La vida no es estable ni segura. Está atravesada por la vulnerabilidad, el riesgo y la incertidumbre permanente. Ningún gobierno puede eliminar esa condición sin mentir. Cuando el Estado promete orden total y seguridad plena, no describe la realidad: fabrica una ilusión. Y toda ilusión política de este tipo se paga con libertades recortadas.

Por eso conviene recordar cuál es, en verdad, la función de un gobierno. No está para resolverlo todo ni para proteger al ciudadano de cada dificultad. Su tarea central es crear un marco de libertad, reglas claras e instituciones funcionales que permitan a las personas tomar decisiones, asumir riesgos y enfrentar los obstáculos propios de la vida social y económica.

Cuando el Estado intenta reemplazar esa responsabilidad individual, lejos de fortalecer a la sociedad, la debilita. Los gobiernos que se presentan como “fuertes” y “garantes de todo” terminan produciendo ciudadanos dependientes, menos capaces de adaptarse y más temerosos frente al cambio. La fortaleza no nace de un poder omnipresente, sino de individuos libres.

No es casual que, en contextos de incertidumbre, resurja la nostalgia por discursos autoritarios del pasado que ofrecían estabilidad y orden. Muchos añoran gobiernos que hablaban con firmeza y prometían seguridad permanente. Pero esa estabilidad tenía un costo: menos libertad, menos iniciativa y menos responsabilidad personal.

Aceptar la libertad implica aceptar la incertidumbre. Implica reconocer que la fragilidad forma parte de la condición humana y que no hay garantías absolutas. Esa aceptación no es resignación; es valentía. Es entender que el desafío constante es también el espacio donde el ser humano crece y se transforma.

La libertad incomoda, pero fortalece. Obliga a pensar, a crear, a cooperar y a innovar. De ahí surge la verdadera prosperidad: no solo la material, sino también la espiritual y la social. Una prosperidad que no se decreta desde el poder, sino que se construye desde la responsabilidad individual y colectiva.

Este inicio de año es un buen momento para ajustar expectativas. Más que exigirle al gobierno certezas imposibles, deberíamos exigirle libertad real. Porque ningún Estado puede salvarnos de la incertidumbre, pero una sociedad libre sí puede aprender a vivir en ella y salir fortalecida.