Editorial

El contenido político de Jesús y la Navidad

Hablar de Jesús y de la Navidad como realidades “apolíticas” es una de las mayores distorsiones contemporáneas del mensaje cristiano...

Editorial | | 2025-12-28 08:44:54

Hablar de Jesús y de la Navidad como realidades “apolíticas” es una de las mayores distorsiones contemporáneas del mensaje cristiano. No porque Cristo haya sido un militante partidario o un ideólogo moderno, sino porque su vida, su mensaje y, desde el inicio, su nacimiento, constituyen una impugnación radical del poder político entendido como dominación, coerción y violencia organizada. La Navidad es, en ese sentido, profundamente política: es el anuncio de un orden que no necesita del Estado para existir.

El relato del nacimiento de Jesús no ocurre en el vacío. Se desarrolla bajo un imperio, con un censo obligatorio, con un rey local —Herodes— que encarna la paranoia del poder y responde al desafío no con argumentos, sino con la espada. La matanza de los inocentes no es un exceso anecdótico: es la reacción típica del Estado frente a cualquier amenaza a su pretensión de omnipotencia. El poder político no tolera rivales simbólicos, menos aún cuando ese rival nace pobre, desarmado y fuera de sus estructuras.

Jesús no funda un Estado alternativo ni propone tomar el poder. Hace algo mucho más subversivo: declara irrelevante al poder político para la vida buena. Su reino “no es de este mundo”, no porque sea etéreo, sino porque no se sostiene en impuestos, ejércitos ni decretos. Se sostiene en la adhesión voluntaria, en la conciencia individual y en relaciones libres entre personas. Esto es dinamita pura contra la lógica estatista.

La Navidad, incluso en su versión secularizada, conserva rastros de esta verdad incómoda. La familia, la amistad, el intercambio de regalos, la hospitalidad y la caridad funcionan sin ministerios, sin regulaciones y sin coerción. Son actos voluntarios, productivos y cooperativos. Son, en términos estrictos, prácticas anárquicas: orden sin imposición. Exactamente lo que el pensamiento liberal ha defendido frente al mito del Estado como organizador indispensable de la sociedad.

El cristianismo primitivo entendió esto con claridad. “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” no es una frase piadosa: es una declaración de desobediencia civil. Los Reyes Magos desobedecen a Herodes; los primeros cristianos desobedecen al César; y, siglos después, hombres comunes, como los soldados de la Tregua de Navidad de 1914, se niegan a matar en nombre de banderas estatales. Cuando el individuo se reconoce responsable ante una ley moral superior, el Estado pierde su monopolio sobre la obediencia.

Aquí radica el contenido político más incómodo de Jesús: limita radicalmente al poder. No lo redime, no lo perfecciona, no lo sacraliza. Lo relativiza. Frente a un mundo que hoy vuelve a pedir más control, más regulación y más obediencia “por el bien común”, la Navidad recuerda que el bien común nace abajo, en la libertad, no arriba, en el decreto.

Despojar a la Navidad de este contenido es funcional al estatismo. Recuperarlo es un acto de honestidad intelectual y, para creyentes y no creyentes, un recordatorio esencial: la dignidad humana, la cooperación social y la vida plena no necesitan permiso del poder. Y eso, ayer como hoy, es profundamente político.

Despojar a la Navidad de este contenido es funcional al estatismo. Recuperarlo es un acto de honestidad intelectual y, para creyentes y no creyentes, un recordatorio esencial: la dignidad humana, la cooperación social y la vida plena no necesitan permiso del poder. Y eso, ayer como hoy, es profundamente político.